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Discurso del Sr. Paul Groussac (1898)

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Discurso
escrito por Paul Groussac
Buenos Aires, 1898 ~ Ortografía original ~ (¹)


Discurso del Sr. Paul Groussac


Señores:


La comisión organizadora de esta velada, tan feliz con otras designaciones, se ha equivocado grandemente con la mía, á pesar de mis esfuerzos para disuadirla: no soy orador en grado alguno, ni siquiera mediano lector. Casi me encuentro en el caso del músico de marras, que ignoraba si sabría tocar el violín « porque nunca había probado... » En más de diez años, sólo una vez he tomado la palabra en público y, ¡extraña coincidencia que parece una ironía! ha sido ante un auditorio « yankee », en un congreso de Chicago. Pero hablaba entonces para los paisanos de Mark Twain, y es muy posible que los tropezones de mi perverso inglés pasaran por rasgos de ese humorismo sajón, tanto mas apreciable allá cuanto más repetido y prolongado. Ello, probablemente, me prestó bríos oratorios, pues no experimenté la inquietud que ahora me perturba, y que vuestra acogida benévola no logra desvanecer completamente.


Y por cierto que no son parte á disipar mi emoción sincera los acordes marciales que acabáis de escuchar con un respeto que os agradezco profundamente. Esos acentos, no lo dudéis, no resonaron en la « lóbrega noche » que deploró inmortalmente vuestro poeta; aquella vibrante Marsellesa, segundo canto nacional de todos los pueblos libres, no ha sido jamás un grito de opresión, sino la protesta indignada de los oprimidos, el himno de redención y esperanza, que siempre retumbó cual amenaza al oído de los déspotas de la tierra, ya dominasen por el prestigio de cien victorias, ya por un resto de superstición dinástica, ora se llamaran Fernando, ora Napoleón. La conciencia francesa nunca ha justificado aún, ni siquiera amnistiado la invasión de España. No faltan, seguramente, á nuestro orgullo patrio, en pos de ese mismo semidiós de la guerra, triunfos más legítimos y reales que los que se persiguieron desastrosamente con el avasallamiento de una nación altiva, y encontraron poco después sangrientas represalias en la invasión de nuestro propio suelo por la Europa coaligada.


Así opinamos sin ambages los que hemos conocido las torturas de otra invasión; tal juzgan al pasado los hombres del presente; por fin, esta sana enseñanza es también la misma que han dictado á las nuevas generaciones dos historiadores ilustres, que hoy forman parte del ministerio francés, -y sin duda soportan impacientes la regla sin entrañas de la neutralidad, esperando el momento de traducir en actos de gobierno, según sus íntimas simpatías, el estremecimiento generoso de mi pueblo. Y por lo mismo que así pensamos y sentimos en causa propia, colocando la noción absoluta de la justicia y del derecho muy por encima de las vanaglorias y ambiciones egoístas, es que podemos, es que puede el más humilde defensor de esta doctrina santa, protestar en voz alta contra una empresa de mentira y traición, que ha necesitado ocultar bajo una máscara de independencia sus designios inconfesables; contra una agresión bárbara, que es escarnio de todo derecho y justicia, y que, al ensangrentar las aguas de Cuba y Filipinas, comete un crimen inexpiable de lesa humanidad.


Dejadme, entonces, españoles, dejad que en esta hora solemne un francés y un hombre de estudio evoque á vuestra vista un aniversario más alto, aunque más olvidado, que el de 1808: otro Dos de Mayo sin sombras ni amarguras, cuyo esplendor alumbra á todos como el sol, pues merece conmemorar eternamente, no sólo la grandeza española en el principio de su apogeo, sino el triunfo histórico de la raza latina. El día 20 de abril de 1493, -fecha que, como sabéis, corresponde exactamente al 2 de mayo de nuestro calendario moderno, -los Reyes Católicos recibían, en el antiguo palacio de los condes de Barcelona, al navegante genovés que volvía de Cuba y les traía el Nuevo Mundo. ¡Hora sublime y única en la historia del planeta, tan imponente por su brusco anuncio y sus consecuencias infinitas, que la más rica imaginación podría fingir la escena, sin exceder ni alcanzar las proporciones grandiosas y el brillo deslumbrador de la realidad!


En el atrio ojival, pavimentado de mármol, que la pintura de Balaca ha revivido, bajo el alto dosel de púrpura en que leones y castillos cuartelaban el escudo de los reinos unidos, los soberanos, sentados en su trono, esperaban al viajero predestinado. A la derecha de Fernando, adusto y frío, junto al príncipe don Juan, esparcía Isabel su plácida majestad de reina y madre, apenas velado por la edad cercana su indecible encanto de mujer: esbelta, rubia, delicada, con su frescura pálida de joven abadesa patricia, su adorable boca infantil y sus rasgados ojos azules de hada bondadosa, -como inconsciente de la corona que ceñía su cabello de oro sobre la toca de blanco lino monacal... Así evoca su imagen exquisita la fantasía del poeta, más que por el cuadro opulento de Madrazo, por el esfumado retrato, decididamente auténtico, que se conserva en el Palacio Real -y tal sin duda la contempló embelesado el pueblo catalán que obstruía los pórticos del palacio condal: sin cetro ni manto regio, bella con su sola belleza de lirio heráldico, y, numen protector de presentidas glorias, resplandeciendo con las ausentes joyas que habían sufragado la aventurada expedición...


En las gradas del trono, guardias, maceros, pajes vestidos de seda y terciopelo (entre ellos Oviedo, el ingenuo testigo de esos esplendores y su futuro cronista), formaban marco vistoso al grupo soberano; á su alrededor, destacándose sobre el fondo de bordados tapices, toda la corte de España lucía magníficos arreos: ricos hombres de Castilla y Aragón, dignatarios de la Corona y de la Iglesia; la púrpura cardenalicia de Mendoza, arzobispo de Toledo, rozaba el hábito franciscano que aún vestía Cisneros, con su rostro macilento de Richelieu español; en torno de Gonzalo de Córdoba, en su armadura de tomador de Granada, y que no era todavía el Gran Capitán, se erguían sus bizarros compañeros de glorias y peligros en la guerra morisca; pero, después de la reina, ningún príncipe ó magnate atraía la mirada como Juan de Lanuza, virrey de Cataluña y Justicia Mayor de Aragón, en cuyas manos el mismo rey prestaba juramento...


Era una tarde primaveral, serena y tibia; se acercaban ya al palacio rumores de aclamaciones y músicas lejanas; hasta el atrio, invadido por el pueblo, llegaban por instantes ráfagas de brisa que habían recorrido todo el azulado Mediterráneo, glorioso y civilizador, desde las costas de Salamina y Lepante hasta este « sagrado mar de España », que Góngora debía cantar en estancias inolvidables. A poco acreció la popular algazara; de pronto desembocó en la plaza un raro cortejo de nobles á caballo y pecheros á pie, labradores, soldados, mujeres y niños, cuadrilleros de la Santa Hermandad; algunos marineros de las carabelas rodeaban á seis indios casi desnudos, ataviados de plumas vistosas, collares y ajorcas de oro; otros llevaban aves extrañas, alimañas y plantas nunca vistas, maderas y piedras que se decían de gran precio ó misteriosa virtud. Sonaron atabales y clarines; los heraldos de Cataluña aparecieron en el vasto recinto, precediendo á un robusto anciano de noble apostura y cabeza encanecida, que vestía el rico traje de Almirante de Castilla: y entonces, con asombro de todos, -como si entrase alguien más grande que todos esos prelados y príncipes - los Reyes Católicos se pusieron de pie...


Cristóbal Colón, que, según el cronista, parecía un senador del pueblo romano, se adelantó hacia el trono; pero los soberanos no permitieron que se hincase de rodillas, y, después de darle su mano á besar, le indicaron un sitial lujosamente adornado; doña Isabel, entonces, cual otra reina de Cartago, pidió al navegante providencial el patético relato de sus fatigas, de sus peligros, de su final triunfo... Tal es, señores, el magno suceso que cumple hoy su aniversario cuatro veces secular; en la larga avenida de vuestra epopeya nacional, cuyas efemérides amojonan de gloria cada día del año, no he encontrado conmemoración más alta, más solemne, más actual, como ahora se dice, que la de esta fecha inolvidable, en que el «embajador de Dios » entregó á vuestros reyes sus credenciales y los venerables títulos de posesión de la riquísima « perla de las Antillas », ¡de esta misma Cuba, precisamente, que esos advenedizos de la historia se atreven á disputaros por la violencia!


Pero lo que Cristóbal Colón ofreciera á sus reyes, en aquel 2 de mayo de 1493, ni él ni sus oyentes lo podían realmente sospechar: lo presente no era sino el símbolo de lo futuro. Estos pobres indígenas de las Antillas representaban á otro grupo humano, tan antiguo como el nuestro, y que contaba en este continente vastos y poblados imperios; estas aves y plantas de dudoso valor eran anuncio de otra fauna y otra flora desconocidas; el puñado de oro que brillaba en la trémula mano del descubridor era muestra de las minas opulentas que, durante tres siglos, iban á derramar sobre Europa los metales preciosos, trastornando las leyes económicas de las naciones; la frágil carabela que había vuelto á surgir en Palos de Moguer, después de larga y llorada ausencia, acababa de trazar con su quilla el doble derrotero que innúmeras flotas de comercio y armadas de guerra habían de seguir -hasta la que hoy se dirige hacia Cuba, conduciendo bajo la bandera de España el arca santa del derecho universal. Colón no buscaba y no creía haber hallado sino un camino nuevo al mundo viejo; y, sonámbulo sublime, volvía como había ido, absorto en la ilusión de su fantástico Cipango, después de tropezar con los obstáculos para él importunos que cerraban el paso á su quimera, y eran las tierras de promisión de los vates antiguos. Ello no torna menos real y fecundo el descubrimiento. Era, en verdad, el Nuevo Mundo lo que Colón brindaba á España, y, sean cuales fueren los trámites de la historia y las vías ocultas del destino, debe proclamarse que es á España á quien lo debe la humanidad. Aunque no tuviera más títulos ante la civilización, esos bastarían, luminosos é infrangibies, para saludar grande entre las naciones, á la que, durante más de tres siglos, ha derramado su sangre y prodigado su implacable heroísmo en esta América, conquistando imperios y poblando desiertos, impregnando de savia humana la tierra inculta, modelándola con mano ruda, á su imagen y semejanza, por la espada y por la cruz, con soldados creyentes como monjes y misioneros valientes como soldados, hasta dejarla preparada y apta para cumplir su propia suerte.


Pero estos títulos, señores, bien lo sabéis, no son los únicos que vuestra España pueda ostentar al respeto del mundo, ni son acaso los que más fuertemente le aseguran las simpatías de los civilizados, en esta hora de silenciosa espectativa en que parece suspensa la actividad diaria de los pueblos, y sólo tenemos oídos para auscultar, en el alambre que transmite sus latidos, el corazón convulso de la humanidad. En el gran drama de la historia moderna, cuyas jornadas se cuentan por centurias, hale tocado á España, después de su gran cruzada medieval, ser protagonista en el acto que comienza con el Renacimiento y la difusión de la imprenta, para rematar con la constitución definitiva de los grandes estados monárquicos, siendo sus escenas principales, fuera de la conquista y colonización del Nuevo Mundo: la Reforma y las guerras de religión, el concilio de Trento, la sublevación de los Países Bajos, la pacificación de Francia y el edicto de Nantes, la batalla de Lepanto, y veinte más que omito.


Pensad que los soberanos de ese colosal siglo décimosexto, que se desborda invenciblemente sobre el que le precede y el que le sigue, se apellidan Carlos Quinto, Felipe Segundo, Francisco Primero, Enrique Cuarto, Isabel de Inglaterra; los Papas se llaman Julio II y León X; -¡hasta los sultanes turcos, para ser dignos de tales adversarios, serán Selím y Solimán el Magnífico! Y, entre tanto, sobre el escenario grandioso y trágico donde se deciden los destinos del mundo político, estallan las mil creaciones del mundo mental: artes, ciencias, letras, industrias, manifestaciones exuberantes de savia y esplendor del genio humano emancipado. Ahora bien: durante esa centuria gigantesca, es cuando, indiscutiblemente, España, con su monarquía católica -vale decir, universal- alcanza y conserva hasta el fin la hegemonía.


¡Y, señores, no necesito que me enseñéis las sombras de tan brillante cuadro, ni me digáis á qué precio se compra la gloria y el predominio nacional! ¡Tampoco merece recordarse, por sabido, todo lo que faltara á España, aun en la hora de su esplendor, para realizar el ideal intangible y contradictorio de la belleza absoluta! Más le faltó y sobró á Roma para parecerse á la Grecia; un roble no produce balsámicas rosas, ni ostenta la sierra adusta las galas y frescuras de una vega apacible. Pero se admira la encina mucho más que el rosal, y la áspera montaña, bajo su capa de nieve y arena, reserva tesoros ocultos para los brazos valientes que romperán la estéril superficie. Durante el siglo de su apogeo, España alcanzó á la grandeza épica por el indomable orgullo nacional, la soberbia leonina de su actitud batalladora, el ardor invencible con que prodigara su sangre y su heroísmo por su doble bandera monárquica y religiosa, el sublime desdén con que contemplara en torno suyo á los pueblos industriosos y mercantiles, que levantaban económicamente el edificio futuro y minaban al coloso por su base. Paladín medieval, extraviado en los siglos calculadores que se aproximan, su brío generoso tendrá que sucumbir bajo el asalto de los que esgrimen las armas que él desprecia: á un paso de su culminación, bajo el segundo Felipe, ya comienza el irresistible descenso. Era fatal: el pueblo caballero, endurecido y como anquilosado en su actitud militante de diez siglos, no podía entrar en luchas de flexibilidad y ligereza con sus vencidos de ayer; su pasada excelencia era la causa de su inferioridad presente, y tenía que cumplirse la ley histórica que señala sucesivamente á cada pueblo su hora triunfal, en que sus aptitudes nativas se adaptan completamente á las circunstancias.


Pero esa hora suprema é indeleble en la historia de la evolución humana, España, lo repito, la ha conocido y saboreado en su plenitud; deja acuñada eternamente su efigie enérgica y airosa en el monetario de los siglos; ha realizado á su turno un ideal humano de valor, de nobleza, de altivez caballeresca, de exaltado y místico espiritualismo.


Eso bastaría para granjearle el respeto admirativo de la posteridad, como se lo mantuvo durante el siglo de su deslumbrante decadencia, auque ésta casi no coincidiera con el siglo de oro de su arte y de su literatura. ¡Sorprendente fenómeno, que causa asombro al historiador y sólo se explica el pensador artista! Ese siglo décimo séptimo, que vió derrumbarse el poderío político de España, vió también estallar, si puede decirse, la florescencia artística y literaria más espontánea, -y, en lo que al teatro se refiere, diría más rica que se haya conocido, si no existiera Shakespeare.


Al lado de su profusa lírica, que no creó de raíz sino el género místico y acaso el festivo, la literatura de los Felipes nace y florece genuinamente española, en las dos ramas modernas del teatro y la novela; y desde Lope hasta Calderón, no necesito enumerar la pléyade de improvisadores geniales que se estrechan y suceden en la incomparable escena madrileña. En cuanto á su novela, mezcla encantadora y pasmosa de idealismo superior y sano realismo, sabéis cómo Cervantes, en la aurora del siglo, arroja de primer golpe al mundo maravillado, la única obra maestra nunca igualada, que grandes y pequeños de todos los países puedan gustar commpletamente, creación prodigiosa que compendia toda la filosofía, pues hace sonreir al niño y pensar al anciano: -parodia ingeniosa y profunda de la misma España, que oculta el sollozo bajo la carcajada, y que, como todas las creaciones inmortales, ha sido quizá, en parte, inconsciente, pues la humanidad encuentra en el Quijote mucho más de lo que el autor quiso encerrar.


¿Y qué diría de vuestra escuela de pintura, á no faltarme tiempo para resumir las impresiones que me dejara cada visita diaria al Museo del Prado? Baste agregar que, así como sólo en vuestro teatro pueden pasar por genios de segundo orden Moreto, Alarcón ó Tirso de Molina, así únicamente en vuestra escuela pictórica puede el divino Murillo hallar quien le supere en ese inmenso Velázquez, portento de realidad palpitante en la más sobria armonía, y con Rembrandt, el pintor más extraordinario que existiera jamás.


Tal ha sido, españoles, sin mencionar otras manifestaciones múltiples, en que algunos os disputan el triunfo, vuestra colaboración propia é histórica en la obra infinita y colectiva del progreso humano. Me inclino ante la grandeza de vuestra nación en su apogeo y en su decadencia; protesto con todas las fuerzas de mi alma latina contra las teorías excesivas que asemejan en absoluto el organismo veinte veces secular de una nación al fugitivo del individuo; y encuentro más visos de verdad en otra imagen consoladora: me aparecen las naciones semejantes á esos árboles sagrados de la India, que dejan descender de sus ramas abiertas las raíces aéreas destinadas á reemplazar al tronco primitivo, que así sólo muere para resucitar multiplicado. Pasan las generaciones humanas, las naciones se suceden en el imperio y predominio, pero no mueren para siempre sino los pueblos que han sido infecundos. Seres efímeros que nacemos con el día y con él vamos á desaparecer, no vinculemos á la nuestra la carrera del sol, que es infinita: nuestros hijos verán otras auroras, y la cadena de las generaciones se alargará interminablemente.


Entre tanto, señores, vivimos en lo presente, y creo que asistimos á una crisis suprema de la civilización. No he aguardado que estallara este conflicto armado, para expresar la mezcla de repugnancia y terror que me inspira el novísimo molde social en que se pretende refundir los peores elementos del antiguo. La guerra de Cuba es un accidente que terminará pronto y, lo espero, para honra vuestra y desagravio del derecho ultrajado. Pero, desaparecido el síntoma exterior, quedará el mal latente, y el peligro subsistirá, no sólo para el resto del continente americano, sino, y en porvenir no lejano, para la civilización misma á que nos gloriamos de pertenecer. Esta civilización cristiana, que en dieciocho siglos de cruentas batallas contra la barbarie ha insuflado el alma divina de su fundador en la salvaje humanidad, tiene por base é indeleble carácter su fe profunda en un ideal, es decir, el anhelo infatigable de un bien superior al apetito satisfecho. Desde las persecuciones de los primeros siglos hasta la Revolución francesa, la ley de progreso se ha cumplido, bajo la diversidad de sus formas más terribles ó imprevistas. Las guerras de la Edad Media, las luchas fratricidas de la Reforma, las conquistas de tierras nuevas, las conmociones y querellas intestinas, -lo propio que los inventos, las creaciones espléndidas del arte, las fundaciones religiosas ó caritativas: todos esos estremecimientos seculares, ya fecundos, ya nefastos, que señalan la marcha de la historia moderna, han obedecido siempre á un impulso ideal, -llámese religión, filosofía, caridad, noción abstracta del derecho, culto de la belleza ó de la ciencia pura. Por entre abismos y sangrientas colisiones, lúgubres retrocesos y largos desfallecimientos, la civilización latina tiene la gloria inmortal de haber caminado durante mil ochocientos años con los ojos al cielo... He aquí ahora que en el umbral del siglo veinte, ella mira erguirse un enemigo más formidable y temible que las hordas bárbaras, á cuyo empuje sucumbió la civilización antigua. Es el yankismo democrático, ateo de todo ideal, que invade el mundo.


En menos de cien años -pues tenían muy otro carácter las colonias de la Nueva Inglaterra -ha nacido y desarrolládose entre sus dos océanos, desde el círculo polar hasta el trópico, un monstruoso organismo social, pueblo de aluvión, acrecido artificialmente y á toda prisa con los derrames de otros pueblos, sin darse tiempo para la asimilación, y cuyo rasgo saliente y característico no es otro que el apuntado: la ausencia absoluta de todo ideal. Aquello no es una nación, aunque ostenta las formas exteriores de las naciones, ni se parece ya á pueblo alguno de estructura compacta y homogénea, -divergiendo más y más del inglés, de quien desciende el núcleo del Este, y está hoy diluído en la masa adventicia. Agrupamiento fortuito y colosal, establecido en un semicontinente de fabulosas riquezas naturales, sin raíces históricas, sin tradiciones, sin resistencias internas ni obstáculos exteriores, se ha desenvuelto desmedidamente con la plena exuberancia de los organismos elementales; y los observadores adocenados le han admirado por su grandeza material, sólo nacida de las circunstancias, y por su concepción del gobierno libre, que ha heredado de la madre patria y sólo ha modificado para malearlo. Aquel núcleo primitivo de la Nueva Inglaterra preponderó hasta mediados de este siglo, bastando para mantener ilesos en apariencia, si bien ya desmedrados, todos los órganos indispensables á la vida social; -así han podido los Estados Unidos aparecer á la distancia con simulacro de pensamiento propio, cuando sólo reflejaban el pensamiento europeo en las producciones de sus más ilustres medianías. Pero, desde la guerra de Secesión y la brutal invasión del Oeste, se ha desprendido libremente el espíritu yankee, del cuerpo informe y « calibanesco », -y el viejo mundo ha contemplado con inquietud y terror la novísima civilización que venía á suplantar á la antigua. Esta civilización, embrionaria é incompleta en su deformidad, quiere sustituir la razón con la fuerza, la aspiración generosa con la satisfacción egoísta, la calidad con la cantidad, la honradez con la riqueza, el sentimiento de lo bello y lo bueno con la sensación del lujo plebeyo, el derecho y la justicia con la legislación ocasional de sus asambleas; confunde el progreso histórico con el desarrollo material; cree que la democracia consiste en la igualdad de todos por la común vulgaridad, y aplica á su modo el principio darwinista de la selección, eliminando de su seno las aristocracias de la moralidad y del talento. No tiene alma; mejor dicho, sólo posee esa alma apetitiva que en el sistema de Platón es fuente de las pasiones groseras y de los instintos físicos....


Y hay que ver, señores, como lo he visto con indescriptible desaliento, lo que en medio siglo de ese brutal desenfreno han venido á ser allí la familia, el hogar, la religión, el saber, el arte, el gusto, la caridad humana, la cultura social: todas las conquistas de nuestro progreso milenario, toda la herencia acumulada en nuestros veinte siglos de ímproba labor y lucha incesante contra la barbarie primitiva. Todo eso lo he dicho en otra parte y no hay utilidad en repetirlo. He mostrado la inferioridad incurable de esas improvisaciones ciclópeas, la uniforme fealdad de esas enormes adaptaciones, el tedio profundo que despide ese confort advenedizo, la nulidad de un pensamiento sin vuelo ni originalidad, lo frágil y deleznable de una organización sociológica sin hondos cimientos en el pasado ni principios directores en el presente. -Han tenido, sin embargo, un filósofo original, Franklin, que ha escrito el evangelio popular del enriquecimiento y resumido en este axioma su psicología: « el hombre es un animal que hace herramientas ». Toda la civilización americana fluye de esa filosofía: se han enriquecido y han hecho herramientas, -pues no son otra cosa todos sus inventos utilitarios: es lo que les debe la humanidad. Han rebajado y vulgarizado cuanto han tocado; -y hasta la guerra, salvaguardia extrema de la honra y lábaro del orgullo nacional, no ha sido para ellos sino un arbitrio de despojos y fructuosas anexiones...


Después de imponer la ley de Breno á sus vecinos más débiles y amenazar á otros más lejanos, se atreven ahora á España y pretenden arrancar por la fuerza lo que no se les ha querido vender. -El discurso nutrido y vibrante que acabáis de aplaudir, ha hecho la luz sobre el origen y el carácter de esta agresión injusta: no tengo nada que agregar á esa exposición elocuente y varonil. Está en la conciencia del mundo que la presente insurrección de Cuba sólo se ha prolongado merced al oro, á las armas, á la complicidad efectiva de los Estados Unidos; está en la conciencia del mundo que la bandera, para algunos simpática, de la independencia cubana, sólo encubre el propósito secular é invariable de una anexión, que puede estudiarse en los archivos diplomáticos y la historia.


Y, señores, permitidme agregar una afirmación personal: ese designio, ese preparado plan de anexión, lo he tocado con mis manos, lo he discutido con ese espíritu ardiente é iluso de José Martí, primera y deplorable víctima de la guerra fratricida. Los argumentos que yo oponía entonces á su proyecto utópico, son los mismos que ahora acuden á mis labios.


El sentimiento de independencia es legítimo y sagrado cuando es espontáneo y obedece, no á sugestiones extrañas é interesadas, sino á la plena conciencia de la propia capacidad política. Los medios se justifican con el fin, y no hay otro ejemplo histórico de una lucha semisecular, infructuosamente sostenida por una colonia contra la madre patria. Todas las colonias españolas del continente se han emancipado sin apoyos ni auxilios exteriores, porque estaban más ó menos maduras para la emancipación. Cuba no se encuentra ahora en situación análoga, y la demostración irrefutable del aserto ella misma es quien la suministra. Además de las razones supremas que condenan toda intervención violenta en las contiendas de los Estados, debe repetirse que Cuba, que envía á las cortes 13 senadores y 30 diputados, no es propiamente una colonia; es una provincia del reino, un pedazo solidario é inarrancable del suelo español, tan íntimamente articulado á la patria como las Baleares y las Canarias. ¡Oh, no ignoro todos los abusos y desórdenes administrativos que, antes más que ahora, justificaran las protestas cubanas! Pero esta faz de la cuestión no es más internacional que lo sería el examen de un movimiento republicano ó carlista en la misma España. Tampoco puede ser aplicable á las relaciones internacionales la teoría del mayor bien que el Estado más fuerte podría imponer á sus vecinos, si se quiere ingobernables, pero, ante el derecho de gentes, tan libres y dueños de su suerte como aquél...


Pero, señores, sabemos demasiado que todas las razones teóricas de legalidad y justicia pesan muy poco en la balanza yankee. Los Estados Unidos saben mejor que nadie cómo se adapta la famosa doctrina abstencionista de Monroe á la intervención creciente en los dominios ajenos, de qué modo se fomenta la mentida independencia de una provincia mejicana con el fin de provocar su anexión, y, como próxima consecuencia, el desmembramiento de Méjico, al que se arranca la mitad de su territorio. Hace ochenta años que codician á Cuba, cuyo « destino manifiesto », según ellos, no es otro que el de Tejas y California. Para que se cumpla este destino, han creído que les bastaba tener consigo la mayor fuerza que les presta, además de la riqueza y la población, la proximidad de la presa codiciada. ¡Cuba tiene que ser norteamericana, porque la Habana queda más cerca de Wáshington que de Madrid! ¿Qué pesan ante aquellos mercaderes seminómades, la comunidad de lengua y raza, los vínculos de la tradición, los títulos sagrados del descubrimiento histórico y de la posesión secular? ¿Qué les importa que la reina y primogénita de las grandes Antillas represente para la madre patria el postrer girón de su grandeza colonial, -algo así como la última heredad, resto de pasados esplendores, que el hidalgo arruinado no puede enajenar sin abdicar sus títulos señoriales y perder para siempre su rango? Son éstas razones sentimentales, es decir, vanidades añejas, como la nobleza, como el desprendimiento, como el heroísmo, como la gloria, para los campeones de la novísima civilización: bástales calcular que tienen la fuerza.


Espero firmemente, señores, que los cálculos del sórdido mercantilismo saldrán fallidos: confío como otras veces en el arrojo de los soldados españoles y la pericia de sus jefes; aunque os faltara en el mar la fuerza que nace ahora del número y de la masa, creo que sabríais restablecer por tierra el equilibrio y rechazar de Cuba al invasor. El mundo ansioso sigue vuestras banderas. Como hace tres siglos en Lepanto, vuestra causa actual es la del derecho y de la civilización. Pongo mi fe y mi esperanza en el Dios de las batallas, que es también el Dios de la justicia. Empero, si fueran otros sus designios inescrutables, y Él aplazase para otra hora el castigo inevitable de una ambición, que habrá de crecer fatalmente con la impunidad, -se que sabríais sucumbir con gloria, legando una enseñanza á esta América imprevisora, un remordimiento á esa Europa aletargada, y que siempre podríamos repetir el grito que diera hace treinta años el arrogante general Prim, al arribar á las costas de Cádiz: ¡Viva España con honra!...

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