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El escollo de arena

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El escollo de arena
escrito por Arturo Jiménez Pastor
Publicado en la revista « El cuento ilustrado » del 2 de Julio de 1918 ~ Ortografía original.~ (1)



I.

A! iniciarse el movimiento de dispersión de los carruajes que esperaban a la puerta del cenienterio la salida de los acompañantes de un entierro, Carlos Tiller, con aquel brusco empuje que era una de sus características de hombre de fuerza, se metió en un cupé ya ocupado por otra persona que volvió la cara con cierta rápida curiosidad hostilmente desdeñada por Tiller, pues previniendo la posible tendencia comunicativa de su compañero de coche, presunto conversador y quizá filósofo mortuorio, como tanto acompañante de entierro, se acomodó reciamente en su asiento con aire de quien se dispone a pasar en hostia abstracción el tiempo de viaje común.

El carruaje se puso en marcha al trote retenido e impaciente de los caballos, cuyos cascos golpeaban sonoros el adoquinado de la calle bañada por un lindo sol primaveral.

El estrepitoso rodar de los demás coches que a un lado y otro pasaban o iban quedando atrás, y la averiguación de sus ocupantes, alejaron por de pronto el peligro de la conversación entre los dos viajeros del cupé; pero luego fué disminuyendo el recio claqueo de los cascos y el redoble de las ruedas; los carruajes del cortejo fueron aislándose unos de otros, internándose aquí y allá en las calles transversales, y mientras el cupé en que iba Tiller seguía rodando solo calle abajo, empezó a manifestar el vecino de asiento esa inquietud precursora que advierte el deseo de trabar conversación.

Tiller vió ya inevitable el "¡lo que es la vida!" o el "¡pobre Fulano!" con que acostumbran iniciarla los compañeros desconocidos de coche de entierro, según sus inclinaciones les lleven a filosofar sobre la precaridad de la existencia humana o prefieran por más socorrido el sentimentalismo de circunstancias, tomando por sujeto de la oración al muerto; pero la iniciativa fué más directa.

Volviéndose de pronto con cierta impertinencia femenina, el compañero de viaje lo interpeló:

— ¿Usted era amigo del muerto?

A tan terminante pregunta, Tiller no pudo evitarse el responder con un "nó" gruñón. mirando de soslayo a su interlocutor.

— ¡Ah! Ya sé, — replicó éste. Usted es amigo de Miguel Domingo, entonces; del sobrino; porque ése tiene muchos amigos así como usted.

Y a un ademán afirmativo de Carlos, siguió hablando con cierta volubilidad que recordaba la de los niños y la de las mujeres, acercándose a éstas por el acento y el tono, y recordando a aquéllos en la terminante ingenuidad de la expresión.

— Yo soy primo de Miguel Domingo ¿sabe? Sí; soy primo; me llamo Camilo; Camilo Gutiérrez. Miguel Domingo le habrá hablado de mí. ¿Y usted, cómo se llama?

Tiller dijo su nombre, mirando abora con curiosidad a su compañero. Era joven, pero la frente, que se arrugaba mucho con la gesticulación fisionómica, lo envejecía haciendo allí incierta o contradictoria la edad; una barba precoz que su dueño atormentaba continuamente, ora tirando de aquí y de allí enredadas motitas, ora echando la punta hacia afuera con vivaz movimiento de mano vuelta, contrastaba con la indecisión de los rasgos, deprimidos en las curvas y atrevidos en los ángulos; los ojillos, movedizos, inquietos y de mirar desviado, hacían también contraste con los labios rojos y frescos de niño contento.

Observando estos detalles y la breve movilidad de los ademanes, Tiller formuló para sí una calificación poco piadosa de aquel sujeto que con un afeminamiento pueril ahogaba su energía varonil, casi brutal a fuerza de acentuada; pero el verboso Camilo siguió hablando sin preocuparse de aquel examen de su persona ni de la calificación que pudiera merecer.

— Carlos Tiller..., — dijo repitiendo el nombre. — No lo conozco; no importa. ¿Usted es casado? ¿Nó? No importa; es joven todavía; tiene tiempo. Yo soy casado; casado hace tres años; tengo veintiséis.

Y decía todo esto con una suficiencia y una como satisfacción de superioridad bastante cómica, echando hacia adelante la punta de la crespa barba con su peculiar movimiento de mano vuelta.

¡Casado! En Tiller esta revelación produjo un extraño efecto.

De inmediato, había mirado a su compañero con el burlón desabrimiento con que el hombre fuerte y material mira al sujeto afeminado y endeble, encontrándolo ridículo y sintiéndose en ridículo por el hecho de ir con él. Pero, al saberle casado, su atención se fijó de pronto en Camilo Gutiérrez con sorpresa e interés particular. El tipo vulgar se convertía de pronto en caso raro. ¿Cómo y con quién se había casado? ¿Cómo sería la mujer de aquel marido?

Sobre este punto de inducción comenzó a levantarse en el espíritu de Tiller, como la perversa cabecita de una serpiente, indeciso pensamiento de mala índole, propio de quien, como él, asociaba la brutalidad física de la fuerza contenida, tirante en un apuesto cuerpo de joven hombre de presa violentamente modelado por la civilización, y la barbarie sensual voluntariosa y áspera de esas naturalezas simplistas que se reducen al ejercicio de los instintos dominantes creyendo ejercitar facultades de privilegio, dotes de conquista que tienen en la mujer su objetivo necesario y obligado.

En suma, ese pensamiento poco definido aún, que erguía en el espíritu de Tiller su cabeza de vivorilla sibilante, iba a incidir con curiosidad malsana en la mujer de aquel pobre marido tan poco varonil, atribuyendo, en un oscuro razonamiento instintivo de buen mozo de avería, cierto derecho preminente sobre el insospechado bien que sin derecho ni capacidad tenia allá en su casa el infeliz aquel. Seguramente era esa singular esposa un sujeto propicio a revelaciones de una intensidad de vida ignorada...

Entre tanto seguía el coche rodando, y el pobre Camilo Gutiérrez, tira motitas de su barba por acá, tira motitas por allá, seguía hablando y hablando con su impertinente locuacidad, dando cuenta prolija de sus gustos, de sus ocupaciones, de sus costumbres, ingénuo y versátil como un pájaro, cargoso como un perrito contento.

Acabó por ofrecerle su casa a Tiller, cuando el coche volvía la esquina dirigiéndose a ella, y cuando se detuvo ante la puerta le instó a entrar.

— Baje; esta es mi casa; (acentuaba siempre el posesivo) le presentaré a mi señora. Tenemos pocas relaciones, pero buenas... Entre, pase adelante.

Carlos cruzó el umbral de aquella casita que exhalaba perfume de paz, con su pequeño patio alegrado por unas cuantas plantas en tinas pintadas de verde y por el gorjecer pianíssimo de dos jilgueros bajo cuya jaula daba el toque artístico una modesta oleografía con filete de varilla dorada; traspuso el corto zaguán y se detuvo mientras Camilo daba propina al cochero.

En medio del silencio hacendoso de aquella casa oíase un redoble de agua cayendo del grifo en el patiecillo interior; y la discreta reserva de las puertas y la fresca limpieza del embaldosado acusaban la presencia de la mujer en ese hogar que invitaba a vivir tranquilo.

Era aquello, en efecto, un hogar, un hogar apacible, ordenado, grato al espíritu. Y Tiller sintió de pronto una sorda ráfaga de cólera y envidia contra Camilo por aquel hogar, por aquella existencia sin duda venturosa que él en su seco hastío de hombre de placer no sospechara ni había sido capaz de conquistar.

Despedido el carruaje, Camilo entró velozmente diciendo:

— Pase adelante, pase adelante... ¡Dolores, Dolores!

Y sin más, abrió la puerta que daba al zaguán e hizo entrar a su huésped a la sala.

Sentada de espaldas a la puerta, junto a la ventana, la esposa no se había dado cuenta de la inesperada visita, y, la cabeza inclinada sobre una labor, dejaba ver una nuca mórbida y llena en cuya suavidad dormían pequeños ricitos casi rubios.

Tiller clavó la mirada allí y otra vez surgió en él, concretándose ocasionalmente, la idea perversa que se diseñara durante el viaje en el coche, relampagueando un instante entre una carcajada interna la absurda tentación de besar sin ambajes aquella nuca, delante del marido, como usando de cosa propia.

Todo esto en el tiempo que necesitó ella para volver la cabeza y levantarse confusa y torpe, saludándole con apresuradas excusas y diciendo al locuaz Camilo, que hacía la presentación con negligente vivacidad, echa que echa hacia adelante la barba con su nerviosa mano:

— ¡Pero Camilo! ¡Me hubieras avisado! ¡Qué dirá el señor!...

"El señor" sonreía con impertinente superioridad, mirando a la joven dueña de casa con aire de inteligente en mujeres, mientras devolvía con natural aplomo los cumplimientos del caso.

Era fresca y esmerada en la actitud, ya que no distinguida. La limpieza de la frente y la humildad de la mirada entre los párpados con frecuencia bajeas, tenían algo de conventual; rasgo ascético que los labios gruesos, el pecho alta y el talle robusto y terso rectificaban. La sorpresa la tenía ruborizada y aquel fuego de sonrojo animaba cálidamente la agradable cara.

— Ya conoce a mi señora, — dijo Camilo tomando la palabra con aire de necia satisfacción y dirigiéndose a Tiller que hacía gala de no atenderle. — Aquí vivimos felices y tranquilos sin hacer mal a nadie...

Y siguió diciendo un sin fin de tonterías.


II.

Tiller salió de la casita apacible que le acogiera con dulces gorjeos y hospitalario ambiente, dejando vagar en sus labios una maquinal sonrisa equívoca, mientras los ojos afirmaban una burlona preocupación de curiosidad, satisfecha bien pronto por la averiguación de cuanto se relacionaba con el singular matrimonio.

Ella era una muchacha expósita criada en casa de una familia que la tenía en esa indecisa condición de las protejidas que son algo más que doncellas de servicio y algo menos que parientas pobres.

Esta situación favoreció el trato con Camilo, que no podía encontrar en Dolores la presunción desdeñosa y el desenfado burlón con que chocaban su ingénua sensibilidad afectiva las muchachas de su misma condición social: sus primas y las amigas de sus primas, que eran las relaciones accesibles a su pueril insuficiencia de capacidad psicológica.

Huérfano él también desde los diez años, pero con una parentela numerosísima y pudiente, había sido criaido y educado por esos afectos de línea colateral que, aun bondadosos y solícitos, no alcanzan el íntimo calor del cariño: y a los veintitrés años, su condición de bobito femeninamente locuaz lo hacía un problema para la familia, que no sabía qué hacer con él, qué destino darle.

Dolores fué la feliz solución de ese problema. Libertado por la edad de su pupilaje en el Colegio del Salvador, Camilo volvió a frecuentar la casa de los parientes en que vivía Dolores y se aficionó a la huérfana, con quien se daba bien, hallando grata su natural modestia y deferencia para con él. Camilo tuvo el buen tino de ver en aquella muchacha la mujer que le convenía, y un día salió declarando con su ingénua desenvoltura afirmativa que quería casarse con ella. La parentela patrocinó la instintiva inclinación del pobre niño grande que buscaba en una compañera para su vida de huérfano el perdido calor del hogar. Dolores, por su parte, era seria y ordenada. Su humilde condición social y su natural modestia debían hacerle considerar ventajoso destino la unión con mi marido de buena familia que le daba un nombre, y a quien su patrimonio aseguraba buen pasar e independencia.

Y Camilo tuvo así lo que tantos más capaces no logran: mujer juiciosa, humilde y recatada, y hogar donde vivir "felices y tranquilos, sin hacer mal a nadie", como decía él siempre, complaciéndose en repetir esa fórmula que resumía su concepto de la vida deseable.

Aquel señor marido era bastante infeliz, pero Dolores se manejaba muy bien con él tratándole como una hermana mayor a quien le es confiado el hermano niño.

De cuando en cuando, en un infantil arranque de sociabilidad, solía Camilo llevarse a la casa nueve o diez muchachos de doce a quince años, relaciones adquiridas en el Salvador, donde estuviera hasta no mucho antes de casarse, y organizaba con ellos concierto vocal; era entonces realmente enternecedor el verle, tan inocente, cantar a voz en cuello coros de zarzuela con aquellos rapaces que después de hacerse obsequiar con Oporto y bizcochos, sacando la tripa de mal año, habrían concluído más de una vez por armarle desorden y gritería a no imponerles compostura la tranquila seriedad de Dolores, que hacía labor a un lado, limitándose a decir : "Muy bien", cada vez que concluían un "número".

Todo esto supo Tiller, y cuanto había de cruel en su egoísmo de prepotencia voluntariosa, casi profesional, — curiosidad maligna, grosera fatuidad, hastío de licencia vulgar, tendencia sistematizada a hacerse dueño de mujeres porque sí, — todo se recreó perversamente ante aquel caso que él llamaba pintoresco y atrayente, cuando, en rigor, su superioridad de buen mozo fuerte, imperioso y avezado de falsear indefensas voluntades, frente a la irremediable superficialidad del pobre Camilo, que escusaba hasta precauciones de disimulo, hacía de la empresa una villanía vulgar. Así, a poco de conocer aquella gente, Tiller entraba en ila casa con el insolente desenfado de quien se siente muy por encima del medio en que actúa. Su presencia y su trato de hombre que ha vivido vida fuerte, su desenvoltura de calavera y sus atrevimientos de triunfador lo impusieron desde luego con fatal despotismo.

La pobre Dolores no pudo menos de sentirse de inmediato dominada por aquel membrudo y arrogante mozo de bigote provocativamente levantado, finos y crueles labios de egoísta, enérgico entrecejo voluntarioso y ojos cuya recia y audaz mirada parecía contar la historia de muchos amores, de muchas mujeres vencidas; una historia a la vez amenazadora y fascinante para aquella muchacha que veía en él la personificación de un mundo y de una fuerza desconocidos, terribles y magnéticos.

Así, la sola idea de Carlos, el solo pensamiento de su aparición destacando la autoritaria figura en la puerta, la turbaban con ese sobresalto del mal pensamiento que sabemos que al fin ha de triunfar de nuestra voluntad.

Las primeras osadías de la procaz mirada y las primeras aproximaciones premeditadas, la hicieron apartarse, como quien se echa atrás ante el peligro de un contacto quemante, con miedo, con la angustia del pájaro que siente la avasalladora influencia de los ojos de la serpiente y se agita torturado, conociendo que ha de caer al fin. Veía venir sobre ella el peligro, se veía en él, y sentíase débil, enervada por el ascendiente malsano de aquel hombre cuya despiadada y perturbadora voluntad fascinaba su pobre alma inerme, perdida en ese desconocido mundo del mal.

Una noche que Camilo salió a recoger sus jilgueros para llevarlos al comedor, donde dormían, conversándoles como un niño a sus juguetes, Cárlos se acercó rápidamente a ella. Dolores consiguió arrancarse de él con un brusco rechazo e instintivamente gritó con voz sorda, ahogada por la emoción:

— ¡Camilo!

Tiller se echó a reir con el aire absolutamente confiado de quien se siente dueño de la impunidad, diciéndole con aquella risa franca y fría cuán vano era el auxilio que reclamaba, cuán irrisorio fuera ponerlos frente a frente a él y a su pobre marido débil e incapaz...


III.

Tomando el café, después de la comida, al levantarse Dolores huyendo del calor de la lámpara, que la noche, acentuadamente cálida, hacía modesto. Camilo la dijo:

— Anda a vestirte: vamos a las pruebas.

Camilo salía rara vez de noche, y por esto la invitación sorprendió un poco a Dolores. De suyo retraída, su despreocupación en cuanto a espectáculos y diversiones no estimulaba en su marido iniciativas como aquella que resultó así un ex-abrupto inesperado. Camilo debió, pues, agregar como esplicación:

— Me ha dado cita en el circo mi amigo Tiller que no quiere pasarse sin mí.

Y con su peculiar aire de necia satisfacción echaba adelante la barba acariciando impertinentemente las cejas.

— No, no voy, — dijo ella, azorada al pensar en la proximidad del otro y esquivando el ver los enérgicos rasgos de aquel hombre que la perseguía, en parangón con las indecisas líneas de la mezquina cara de su marido, que al lado de Carlos, arrogante, fuerte y atrevido, parecía con su insignificancia y con las ridículas inflexiones femeninas de su voz, aceptar tácitamente la preponderancia de aquella voluntad del perseguidor que perturbaba cada vez más el espíritu de su mujer.

— No voy; hace mucho calor, mejor estoy aquí.

— ¡Ah! Pues entonces yo me voy de solterito, ché, — replicó él con su fatal inflexión dengosa. — Yo soy muy fino y no dejo plantado a mi amigo.

Ella tuvo la intención de disuadirlo; pero la contuvo el temor de que, si no concurría Camilo a la cita, se viniera el otro a la casa so pretexto de conocer la causa de la ausencia por lo que pudiera ser. Se limitó, pues, a decirle:

— Sí, sí; anda tú; yo me quedo porqué estoy deshecha con el calor.

Camilo estaba encantado con su amigo Tiller. Su infantilidad de espíritu complacíase orgullosamente en la camaradería con aquel hombre hecho y derecho que no desdeñaba, como siempre le había ocurrido con otros, su amistad y su compañía de "joven fino", como decía él calificándose en contraste con la rudeza de "esos que creen que para ser hombre hay que ser un bruto con la gente fina y decir malas palabras".

Su necesidad de afectos y de comunicación había tenido que refugiarse en la charla mujeril con las primas y en la compañía de aquellos muchachos de doce a quince años que en gárrulo grupo llevaba a su casa a cantar coros de zarzuelitas; amigos en quienes ahora pensaba con cierto desden piadoso de hombre que recuerda sus cosas de chico.

Por lo demás, Tiller no abusaba de la incapacidad de su nuevo amigo; la basta dureza de sus sentimientos se refinaba ante el pobre joven en un maligno pregustamiento de lo que le esperaba; complacíase simplemente en sentirlo víctima necesaria de la insospechada catástrofe que sobre él se cernía; pero a Dolores la incendiaba en repentinos y llameantes sonrojos de irritado bochorno la idea de que fuera de allí Tiller no haría otra cosa que poner en cruel ridículo a Camilo sin que pudiera ella disuadir a éste de tener trato con un amigo de que estaba tan orgulloso.

Mientras estos pensamientos bullían en la mente de Dolores como consecuencia de la invitación o cita que llevaba a su marido al circo aquella noche (y lo de que lo llevaran al circo y no a otro espectáculo era ya mortificante para la pobre esposa), Camilo salió de su cuarto tarareando vanidosamente y tras una despedida de "calavera" tomó la calle, no sin que Dolores sintiera un profundo desaliento al verle salir muy airoso, con un cuello vuelto que tenía algo de descote y un lazo de corbata imposible de coquetería.

Ella quedó en el patio perfumado con intensa fragancia por los nardos y jazmines modestamente agrupados en el centro como un bosquecillo doméstico.

La noche, muy cálida, chispeaba en estrellas brillantísimas y susurraba con leves ruiditos de insectos o menudos seres inquietos. La lámpara del comedor a media luz difundía un vago halo de calor en la sombra del patio.

Desprendido el cuello de la liviana blusa, los ojos entornados y las manos cruzadas sobre la cabeza, gozaba Dolores en su mecedora la voluptuosidad del abandono, de la laxitud que deja pasar el tiempo en vago, cuando la figura de Tiller, recortada en negro por la claridad del farol de la acera, se destacó, dominadora y segura, en la puerta de calle.

Dolores, sorprendida por aquella aparición a pocos pasos de ella, no halló posible realización a la inmediata idea de decirle a la sirviente, sin que él lo advirtiera, "dígale que no hay nadie en la casa"; la hubiera oído; y por lo demás, él sin duda venía sobre seguro, después de haber visto a Camilo entrar al circo donde no había de encontrarle; por otra parte Tiller se limitó a cumplir la fórmula de un golpe de llamador, y, sin más, avanzó con su desenfado habitual.

No preguntó por Camilo. No disimulaba. Sentóse con la mirada fija en el botón desprendido de la blusa, que ella, turbada, acudió a cerrar, y la envolvió en una conversación llevada con voz íntima y segura que no necesitaba recojerse al paso de los transeúntes que resonaba de cuando en cuando en la acera, ante la puerta de calle, apagándose y extinguiéndose una vez traspuesto el vano de luz junto al cual pasaban ignorantes de que en su silueta y en el ruido de sus pasos encontraba el desamparo de una pobre mujer la única compañía de su espíritu invadido de soledad; una soledad que en la depresión de la impotencia ante el imperio de una voluntad más fuerte la llevó por fin al doblegamiento que entrega sin alma.


IV.

La posesión de aquella muchacha era por sí misma para Tiller cosa muy corriente, sin mayor interés que el que podía atribuirle de inmediato esa codicia torpemente sistemática que a él como a tantos de iguales condiciones los hace una especie de profesionales del lance de conquista por simple prurito de vanidad masculina; y casi sin transición halló causa de fastidio en el secreto de su triunfo.

Un envidioso y malsano desprecio por Camilo; el perverso antojo de maltratar la debilidad de aquel infeliz, de abusar plenamente de su fuerza contra él: el dañino capricho de ver qué cara ponía al conocer su desgracia, qué haría en el momento crítico ante el dueño de su mujer, fuerte y cruel, era lo que en realidad había impulsado a la aventura al brutal joven. Así, el descubrimiento del abuso era el punto de novedad, el rasgo original de esa aventura, y a Tiller le impacientaba la tardanza de la sorpresa, que mantenía en la más vulgar de las vulgaridades lo que debía ser interesante caso. Irritábale la ingenua buena fe de Camilo, aquella leal confianza que lo hacía ciego; fué multiplicando imprudencias con el afán de meterle por los ojos lo que el infeliz no acertaba a ver, y más de una vez volvió a pasar como un relámpago por su mente la idea aquella de besar a Dolores en presencia de Camilo, como a mujer propia, creando así la más bizarra situación deseable.

Con todo esto y a pesar de su candorosa superficialidad, Camilo empezó a sentir esa punzante y vaga inquietud, más presentimiento que sospecha, característica del momento en que la sensibilidad advierte que algo extraordinario flota en torno, que algo funesto ha ocurrido. Solía tener miradas rápidas y fijas, como disparadas por un súbito recelo, miradas en que había angustia, sobresalto y también esa dureza incierta con que se mira pensando si se es objeto de una burla; le agitaban nerviosidades que se fundían en atormentados ensimismamientos.

El espíritu del pobre hombre-niño trabajaba en vago; más que sospechar, sentía algo malo: presentimiento de víctima que lo mantenía alerta.

Así, aquella sorpresa deseada con picante inquietud por el otro se produjo al fin. Entrando a su casa, al caer una hermosa tarde, mansa y cálida, oyó Camilo en la sala rumor de una lucha sorda y ardiente, súplicas de prudencia en voz baja, sofocada; murmullo de voces que le eran bien conocidas...

Entró.

Tiller al verle se irguió ante él, provocándole con descarada insolencia.

El infeliz, golpeada por la brutalidad de la revelación quedó inmóvil un instante, mirándolos con los ojos dilatados, abierta la boca y palpitando en los temblorosos labios un gran golpe de palabras, una explosión muda de doloroso asombro, de reproche intensísimo que le decía a ella con su silencio clamante:

— ¡Tú!... A quien dí nombre, cariño y bienestar; con quien fui bueno e inocente, en quien busqué el perdido calor de mi hogar de huérfano! ¡Tú!...

Y a él:

— ¡Usted!... A quien abrí mi casa feliz y honrada; con quien fuí leal e ingenuo, en quien busqué cariño de amistad, el anhelo de mi niñez solitaria! ¡Usted!...

Fué aquella una de esas situaciones en que los segundos de tiempo se precipitan y parecen amontonarse, no poder seguir su curso, y amontornar así horas violentamente contenidas, en un instante que apremia atrolladamente.

El infeliz arrugaba la cara en un gesto de desesperación que no hallaba desahogo. Todo en él sufría gritando la protesta del ultraje inícuo.

Rompió por fin a hablar, velozmente, como una mujer irritada.

— Usted es un sinvergüenza y un atrevido y un canalla; y tú...

No pudo seguir. Se le contrajo la cara con violenta angustia, y, haciendo pucheros, esos trágicos gestos que son la mueca del sollozo en el hombre, rompió a llorar amargamente, diciendo en una desesperada confesión de su miseria:

— ¡Por que soy así!... ¡Por eso!... ¡Cobarde!...

Tiller, brutal, insolente ante la fuerza, se sintió maltratado como no lo había imaginado nunca por aquel apóstrofe dicho entre lágrimas; se sintió avergonzado y miserable, extrañamente confuso ante la inviolable fuerza de la debilidad y del dolor. Aquel hombre llorando en la salita de su hogar escarnecido lo venció con una jamás sentida evidencia de su infamia. Se vio indignamente cruel, cobarde, en efecto, estúpidamente irritado contra sí mismo; sintió el desconcierto de las situaciones insostenibles ante nosotros mismos...

Sin mirarla a ella, que, con los ojos secos, clavaba una mirada ciega en el vacío; sin mirarlo a él, que, la cabeza entre las manos, seguía llorando con toda la lealtad de los grandes dolores, salió dejando tras sí la mancha de su inútil villanía en aquella casita donde antes de entrar él vivían ellos "felices y contentos, sin hacer mal a nadie"; la mancha de su inútil infamia que hacía triste el cielo sobre el pequeño patio alegrado por las humildes plantas de jazmín y de nardo, y echó a andar abstraído de toda visión de la calle en su agobiamiento interior.

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