Acuarela

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Acuarela
escrito por Carolina Freyre de Jaimes
Publicado en el libro « Almanaque de las porteñas para el año 1898 ». ~ Ortografía original. ~ (1)



Cuando se apaga el sol en Occidente, hay aquí, en pedazo de tierra alejada del centro mundano, un punto que refleja y copia aquel paraíso cantado por los poetas antiguos.

Un añoso árbol cuya copa se pierde entre las nubes, extiende sus ramas color de esmeralda en una vasta, vastísima extensión, produciendo una sombra pálida y dulce que imita arabescos y dibuja las más raras y pintorescas imágenes. Sombra impacible y fresca de donde brotan efluvios voluptuosos y vagan como armonías perdidas los acordes lejanos del viento que mueve los árboles, que trae los susurros de las aguas y el eco de los cantos del labrador que abre los surcos.

Apesar de su encanto, no es el punto preferido por los que habitan en derredor de este añoso árbol, cuya copa besan las tempestades y cuyas ramas filtran al través, tantos pálidos rayos de oro y recogen murmurios, himnos y plegarias.

— ¡Es hermoso, sin duda, pero es tan triste! dice la humanidad alegre, la que vive entre las risas, los cantos báquicos y los conciertos en que flotan ninfas invisibles y visiones sensuales.

Ciertas almas decrépitas encerradas por un extraño contraste en cuerpos de una brillantez incomparable, exclaman al verlo. ¡Cuánta belleza perdida, cuánta inmensa soledad! La soledad se hizo para el amor, esa gloria efímera, esa nada exótica que se vá, que se fué, que existe en el poema, en la leyenda, en las historias del pasado, pero no ya entre la humanidad que se consagra al goce.

Y pasan, pasan en torno del añoso árbol, saboreando sus quimeras, aspirando sus efluvios, sintiendo sin quererlo el flujo y reflujo de emociones desconocidas y cogiendo entre los dedos fríos las extremidades de sus ramajes verdes humedecidos por las corrientes, saturados de electricidad, empapados del universo del amor.

¡Ciegos! niegan el amor donde todo habla de él, en el follaje mecido por el viento, en los cendales de oro que esparce el sol, en las aguas del pequeño lago donde se hunden tristemente las imágenes vagas que cruzaron el éter.

¡Niegan el amor, y bajo ese árbol añoso se cantaron himnos febricitantes, se deshojaron tantas flores cándidas y divinidades tiernas y apasionadas siguieron en su ruta misteriosa al ídolo!...

Y... alguien ha oido y todavía se conserva la huella en ese tronco añoso que respetaron los siglos, alguien ha oido en una noche silenciosa en la que podía escucharse el paso de una nube por el azul del cielo, el estampido de una arma que un hombre, no un poeta enfermizo ni un adolescente, perdido el ensueño por que amaba un ensueño, aplicó á sus sienes pálidas, para huir de la realidad, de esa fría realidad en que la filosofía mata el ideal!


Marzo, 1897

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