Amores aristocráticos

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Amores aristocráticos
(Manchas de color)
escrito por Casimiro Prieto Valdés
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)


A mi noble amigo D. Juan F. Dhers.


I
Cuentos p.33.jpg
a perrilla de la princesa Oriana no supo ciertamente á quién había dado la serenata el ruiseñor, aquella clara noche de luna en que se paseaba con su ama bajo las arcadas de follaje del parque real.

¿Sería á la luciérnaga que cruzó como una estrella alada las frondas y se puso en uno de los blancos lirios que florecían bajo los álamos coposos, en el que quedó inmóvil como un astro?

¿Sería al lindo capullo de rosa que sólo esperaba la nueva aurora para desplegar sus brillantes pétalos de raso, como una sonrisa de la primavera?

No lo sabía la perrilla de la hermosa princesa, pero había oído gorjear tantas veces á su ama, que entendía el lenguaje de los pájaros y pudo, por lo tanto, apreciar todo el sentimiento y toda la ternura de aquel canto que se desgranaba en arpados trinos...

— ¡Eso es amar! — pensaba la perrilla. — ¡Quién fuera amada así! No, pues lo que es el galguillo de la princesa Pitiminí se lleva un solemne chasco si cree que ha de conquistar mi amor con sus ladridos horribles, que tienen en constante tensión mis nervios. No pretenderé, seguramente, que cante como el ruiseñor, aunque no es difícil que, perro y todo, llegue con el tiempo... á trinar. Pero lo que sí quiero es que sepa expresar su cariño en otra forma más poética y sentida. Le exigiré que me escriba unos versos como esos que recita el lindo abate á la princesa Oriana. Sólo así le daré mi corazón.


II

Junto al plateado estanque, donde la blanca princesa se pasaba las horas muertas deshojando margaritas, al lado del galante abate, se vieron al día siguiente la hermosa perrilla y el galguillo enamorado.

Consternado quedó el infeliz al saber el capricho de su amada, pero no queriendo confesar su pobreza de ingenio, se apresuró á decir:

— ¿Versos? ¡bah! ¡pues si es lo más fácil hacer versos! Mañana los tiene usted.

Y se dirigió al monte vecino, pensando para sí:

— Pues eso es cosa de gente de pluma, voy á ver si ese gallo que me saluda todas las tardes desde las tapias del corral, quiere sacarme del compromiso. Porque, gallo y todo, algo debe entender de esas cosas, con tanta pluma...


III

Entre un cacareo infernal de gallinas, el galguillo penetró en el harén y fué en busca del encrestado sultán, á quien saludó afablemente con la cola.

— ¡Hola, amigo! — exclamó el gallo con mucha llaneza; — ¿qué le trae á usted por acá?

— Pues lo que me trae es un capricho de la perrilla de la princesa Oriana, que quiere... pero, ¿por qué no hace usted callar á esas señoras? ¡Cáspita!, así no vamos á poder entendernos.

— Es que las ha asustado su presencia.

— ¡Qué gallinas!

Restablecida un poco la calma, gracias á unos expresivos picotazos de Su Alteza, el galguillo expresó el objeto de su visita.

Consternado quedó el gallo al oir la petición del galguillo de la princesa Pitiminí, pero no queriendo confesar su absoluta falta de numen, dijo con énfasis:

— ¿Versos? ¡bah! los hago á maravilla; dentro de unas horas los tendrá usted.

— Ponga usted en ellos mucho color y mucho ritmo...

— Descuide usted. Ciertamente que no puedo apostármelas con los ruiseñores, esos trovadores de las rosas y las estrellas, pero ya sabe usted que no canto del todo mal.



IV


Qué demontres les ha pasado á esas señoras? preguntaba poco después un cuervo, desde la cima de un árbol, al pensativo gallo, que no sabía cómo salir del berenjenal poético en que la picara vanidad le había metido.

— Pues lo que ha pasado es que ha venido á verme el galguillo de la princesa Pitiminí, ¡y como por nada arman un alboroto!...

— ¿Y á qué ha venido el galguillo?

— A pedirme unos versos amatorios para la perrilla de la princesa Oriana.

— No la conozco.

— ¡Ah, señor cuervo! ¡si usted quisiera sacarme del compromiso! porque la verdad es que no estoy de vena ni de humor... ¡los cuidados del harén! Yo le proporcionaré á usted una ala azul de mariposa, para que cincele en ella, con su pico, alguna estrofa brillante...

El cuervo se rascó la cabeza con aire pensativo y exclamó:

— ¿Una ala? no es bastante; mi inspiración necesita muchas hojas, y cualquier lirio me las proporcionará blancas y satinadas; de este modo el galguillo de la princesa Pitiminí podrá ofrecer á su amada mi álbum - flor...

— Ha tenido usted una excelente idea, señor cuervo.

— Bueno, pues hasta muy pronto. Póngame usted á los pies de esas señoras.

Y el cuervo echó á volar en dirección á la alameda vecina.


V

Ahora, ¿cómo me las compongo? — pensó el dentirrostro, parándose en un arbusto. — ¿Dejaré que llegue la noche estrellada y subiré hasta la brillante constelación de la Lira para arrancar de sus cuerdas luminosas las notas de mi canto? No, no me atrevo á salvar tan enorme distancia, y, además, ¿qué entiendo yo de hacer versos? Preciso será que los hag-a otro. ¿No se trata de una perrilla? pues nadie podrá sacarme mejor del apuro que aquel hermoso ejemplar de la raza canina que veo allá abajo...

Y con rápido vuelo se dirigió al valle de las mariposas, abriéndose paso por entre nubes de estos brillantes insectos que, ebrios de sol, poblaban el aire azul.

Poco después se entablaba el siguiente diálogo entre el cuervo y el hermoso ejemplar de la raza canina:

— Muy buenos días.

— Felices los tenga usted.

— ¿Quisiera usted hacerme un favor?

— ¿Qué se le ofrece al señor cuervo?

— Pues necesito unos versos amatorios...

— ¡Oiga! ¡unos versos! ¿y para quién?

— Para una perrilla de la que está perdidamente enamorado el galguillo de la princesa Pitiminí.

— ¡Ah, infame!

— Pero... ¿qué le pasa á usted? no comprendo...

— Es que esa perrilla... ¡soy yo!


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