Aquella mesa

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Aquella mesa...


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o está avaluada en millones, como la de Napoleón, que ha venido a convertirse en el mueble más caro del mundo.

Es clara, lisa, frágil; llegó al pueblecillo montañés hace ya muchos años con el ajuar de un artista, y quedóse a la par de la ventana, en el estudio abierto al campo. La colmó su dueño de cartulinas y papeles, convertidos en paisajes, mientras en los cajones hondos y confiados caían también apuntes y diseños junto a unas cartas de amor escritas con letra breve de mujer.

El pintor, mozo y bohemio, tenía una novia impaciente de andanzas como él. Se casaron para irse muy lejos de la costa boreal, y en su alegre partida olvidaron la mesa.

La pudo adquirir un indiano, y reforzó las débiles cerraduras para guardar con ellas mucho dinero. Donde el amor y el arte habían puesto sus tesoros, guardó los suyos la opulencia de aquel señor, y sonaron las rútilas monedas en los cajones, perfumados todavía por unas bellas cartas de mujer.

Pero al indiano le llegó la hora de morir; bastóle un catafalco lleno de lágrimas de plata, una losa, una inscripción. Y los herederos, después de repartirse las placas de oro, se deshicieron de la mesa con desdén.




Un poeta la compró; venía a refugiarse en la Montaña dolido de inquietudes y de amores. Y otra vez el mueble aventurera hallóse junto a una ventana que veía los campos y la mar, tocado por la Luna y el Sol, por las brisas gloriosas de la mies. De nuevo se halló cubierta de trazos y de apuntes, mientras sus cajones se llenabas de arte y se henchían con el aroma de unas cartas de mujer.

También a flores transcendía la tabla humilde y acogedora como un altar, porque le gustaba al poeta ver a su lado un ramillete oloroso que solía componerse de angélica y llantén, sándalo rojo y malva real, espliego y agabanzo: florezuelas campestres, según las daba el tiempo, amargas y espinosas, íntimas y cordiales, abiertas en espigas, en corimbos, en haz. Extendían allí su frescura y su olor, impregnando de gracia la madera, y se morían para dejar el puesto a sus hermanas del valle y del monte, poseedoras del nuevo perfume y el nuevo olor.

Supo la mesa entonces muchas cosas peregrinas que sobre ella alumbró el ingenio del vate, supo muchas cosas raras y tristes de un amor sin ventura; sintióse remecida por un aura de inquietud, regada por el llanto del hombre, acariciada por las manos trémulas del soñador.

Sufría el poeta, ebrio de ternuras y de inspiaraciones, alcanzado en la frente por una ráfaga de embeleso, herido en el corazón por la desdicha de amar un imposible.

Hasta que un día sintió la necesidad de esconderse en el tumulto de una gran población, huyendo de sí mismo, donde no escuchara las voces inexorables de la mar, los sollozos del viento, el ritmo fuerte y puro de la vida silvestre.

Y al vender su menaje, sólo para la mesa no encontraba comprador de su gusto. En vano la querían un tendero, un fabricante, un cacique; tan extrañas eran las condiciones de la venta, que el mueble se quedó solo en el desmantelado gabinete.

En esto llegó a preguntar por él un religioso muy cansado, muy viejuco, y el poeta, depués de oirle con placentería, asintió, doliéndose:

— ¡Lo peor es que he perdido las llaves de los cajones!

— Eso no me importa: nada tengo que guardar... Sólo me hace falta la mesa para sostener el breviario y el crucifijo.

— Pues llévesela usted — repuso el enamorado.

Inclinóse con reverenda sobre el mueble y le dió un beso ardiente y durable, silencioso, lleno de lágrimas.




Ahora, bajo el perfil del sacerdote, recibiendo los piadosos latines igual que antes las confidencias del sentimiento y los acordes de las musas, tiene un cariz de misticismo esta mesa, lisa y humilde como un ara.

No repercute con el estrépito del oro que guardó; pero conoce la creación dolorosa del artista, el secreto dramático de una pasión; adquiere un mérito ideal, que no se cotiza en millones, un sagrado interés por encima de los valores humanos.

Y conservará siempre, con las huellas de este breviario y esta cruz, el aroma de unas cartas de mujer, el surco de un llanto varonil.

Porque la Fe, el Arte y el Amor son dones eternos y divinos que pocas veces se unen en el mundo y que dejan una estela imborrable sobre las almas, sobre las cosas...


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