Bajo los Peumos

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Biografía Bajo los Peumos
escrito por Joaquín Díaz Garcés
Publicado en el libro « Antología chilena: Prosistas y Poetas contemporáneos » del año 1908 ~ (1)



Desesperado del aburrimiento de Carnaval, hastiado del calor sofocante y enervador de las calles de Santiago, resuelto a todo, incluso al suicidio, tomé el primer tren que partía esa tarde, con un maletín que contenía a lo sumo ropa para dos días, sin llevar otro rumbo que el que pudiera ocurrirseme en el camino.

Recordé, una vez metido en el wagón, cuatro o cinco de esas invitaciones generales, sin día fijo, que se le hacen a uno con ánimo de que no se acepten; « Cuando tengas un día desocupado vente a pasar con nosotros, aquí se lleva una vida tranquila y podrás descansar de tus faenas diarias. Mi mujer te acojerá con el cariño que se siente por un viejo amigo. Aquí hay un excelente clima, buena costa para bañarse, caballos para hacer excursiones a pintorescos sitios vecinos, y mas que todo niñas, niñas bonitas, lo que te recomiendo a ti, soltero impenitente, etc., etc.»

Todo esto venía como postdata en una carta de un amigo de la infancia. Y encantado por la verídica sencillez de esas líneas, resolví que fuera su casa el punto donde fuera yo a pasar en esa salida repentina y tan fuera de programa.

Me dejó el tren a pocas leguas del lugar de veraneo en que mi amigo residía, y quedé después de pocas diligencias, embutido en una carretela en medio de gente de muy variada condición que transpiraba con abundancia. Una dama situada a la derecha, se mostró ofendida porque la toqué impensadamente con mi rodilla; otra de la izquierda me advirtió con poquísima urbanidad que le incomodaba el cigarro. Un caballero del frente al subir la pierna arriba me pegó con su zapato de doble suela en el estómago. Y en fin, el cochero nos condujo por un camino tan abrupto y lleno de polvo, que pensé con delicia en las caldeadas calles de Santiago, en su calor sofocante, en el asfalto derretido de las veredas y en todos los candentes sitios que pocas horas antes había abandonado después de maldecirlos.

Por fin divisamos tierra firme. Un grupo de casitas se abrió a ambos lados de una calle larga. Dos o tres olmos de irregular follaje daban una nota de verdura en medio de todo un paisaje aparentemente seco y prosaico. No comprendí cómo podia elegirse aquel sitio desnudo de bellezas naturales, como centro de veraneo y de descanso; pero sin tiempo para hacer más observaciones en tomo mío, descendí de la carretela, sacudí con un pañuelo los zapatos llenos de polvo y penetré en una casa que se volvía toda ella corredores.

— ¿Eres tú? — me gritó mi amigo, fingiendo una estupefacción cariñosa.

— No; soy otro.

— ¡Vamos! Te has acordado de tu amigo. Te divertirás bastante; tenemos un paseo en perspectiva.

— ¿Paseo? ¿Paseo campestre? ¡Me vuelvo a Santiago! — Te lo ruego por lo que más quieras. Déjame en paz sentado en esta mecedora. Olvídate de mi. Yo no vengo a pasear sino a dormir una siesta debajo de un sauce o de un nogal.

— Es imposible. Van al paseo las Pérez...

— No me importa.

— Las López.

— Me tienen sin cuidado.

— Las García.

— Menos, Aunque vaya la bella Otero y la Cleo de Mérode, por favor, te lo ruego, déjame tenderme de espaldas sobre el pasto, sin tener que guardar buenos modales, ni galantear, ni decir tonterías.

— Es inútil. Ademas irán las Flick, ese par de gringuitas desteñidas, menudas, ágiles, que parecen dos pollitas de ojos azules.

— Renuncio al paseo.

— ¡Pero hombre! ¿Qué tienes tú? Si además van las Silva. ¿Renuncias sabiendo que van las Silva?

— ¡Por favor! Déjame aquí.

— ¡Ah! Me olvidaba, Angel mio! Me olvidaba de lo mejor... Aquí te rindes. Van las dos Vallejos, las dos ¿oyes? las de ojos negros como carbón y la de pardos y dormidos ojos como ciruelas. Las Vallejos de cuerpo gentil como bambúes que se agitan al viento

— ¡Hoy estás de remate! ¿Quieres entender que ni las Pérez, ni las López, ni las García, ni las Flick, ni las Silva, ni las Vallejos, me importan un pepino? Yo vengo a descansar.

— Descansarás

— ¡Gracias!

— Sí, descansarás en el paseo campestre.

— ¡Dale con la tontería! Ahí no descansaré. Tendré que celebrar los ojos de las Vallejos, el cuerpo de las Flick; lo estoy viendo. Si no hago esto, me tildarán de mal educado. — ¡Maldito paseo!

La esposa de mi amigo llegó luego a reforzarle. Me dijo que la fiesta tendría lugar bajo unos peumos al borde de una vertiente; que se tocaría, se cantaría y se bailaría con absoluta independencia; que se mataría una ternera y diversas aves de corral; que las Vallejos eran un prodigio de belleza y que seguramente me encantarían.

— Voy! — dije con resolución — voy, en primer lugar para comer la ternera y despues para irme a acostar detrás de un peumo y echar una siesta sin que nadie me incomode.

— Convenido.


A las siete de la mañana, mi amigo entró ruidosamente a mi pieza, haciéndome saltar sobre la cama.

— ¡Ya es hora!

— ¿De qué?

— Del paseo, poltrón, perezoso, estúpido.

Me vestí lo mejor que pude. Suprimí el chaleco, poniéndome en su lugar una camisa de color bastante decente, y me lancé a la puerta de calle donde según sentí la algazara debía esperar la cabalgata lista para partir.

Junto con asomar en la puerta, una ovación burlona y provocativa me dejó de una pieza: — ¡Viva Angel Pino! ¡Viva el madrugador! ¡Hurra!

— Estamos de bromitas —me dije yo— ¡Malo!

Después de montar a caballo, fui presentado a una serie de señoritas y de jóvenes, porque lo que en estos casos se llama el « estado mayor », es decir, los casados, se dirigían a los peumos en carruajes y carretelas.

Quedé al lado de una de las montadas señoritas Vallejos... Llevaba un ropón azul nada mal cortado, y una pechera encarnada que le venía a las mil maravillas. Dos ojos negros, rodeados de pestañas también negras, eran manejados con maestría. La señorita Vallejos estaba lejos, muy lejos de ser bonita; pero tenía derecho de figurar en primera línea entre la categoría de las llamadas interesantes. Lo era; es decir, interesaba.

En un sitio de veraneo, no se puede uno acercar a una señorita, sin decirle a boca de jarro un galanteo de esos que son suficientes para que si lo oye el hermano o el padre, le rompan a uno cualquier cosa, de una paliza. Nosotros que siempre hemos pecado de tímidos con el bello sexo, dejamos a un lado la timidez, so pena de pasar por estúpidos.

— Mucho me hablan hablado, señorita Vallejos, de su belleza; muchísimo. Pero créame usted que la idea que de su cara me había formado, queda pálida al lado de la realidad.

— Es favor que usted me hace — replicó ella con voz temblorosa, y bajando los ojos como turbada, ante el peso de mi impertinencia.

Me aturdí, comprendí que merecía ser un cuadrúpedo cualquiera, y arrepentido de mi falta de educación, le hablé a la señorita Vallejos del buen clima que se sentía allí, de los hermosos árboles plantados a la orilla del camino y de otros temas igualmente nuevos e interesantes. De repente la señorita Vallejos levantó sus ojos negros, los posó en mí con suavidad, como se puede posar una pluma que vaya en el aire, sobre un objeto cualquiera, y me dijo:

— ¿Pero la verdad que me encuentra usted buena moza?

Me sujeté a la cabecilla de la montura para no caerme, y vuelto de la sorpresa, me resolví a no quedar corto.

— Señorita: no le miento a usted. Hasta ahora no había visto jamás unos ojos más encantadores que sus ojos.

— ¡Mire lo que son las cosas! No hay gustos iguales. Usted me encuentra bonito los ojos; pero hay otros que dice que lo mejor que tengo es la boca.

— ¡Ah! Pero el que yo le encuentre a usted demasiado lindos sus ojos, señorita Vallejos, no quiere decir que no me parezca su boca una de las obras más perfectas de la naturaleza.

— Es usted muy galante.

— No, señorita; se lo aseguro a usted. Jamás le he dicho a una mujer que es hermosa... ¡No me había topado con usted todavía!

— Como se conoce que es periodista. Casi no le creo...

— Créame usted. Soy verídico.

— Así le dirá usted a otras.

— No; jamás.

Un rato de silencio. La cabalgadura se mueve en medio de una nube de tierra, con indescriptible algazara. Las dos Flick pasan a mi lado con ropones de brin crema. Son, en efecto, dos maripositas ágiles, livianas como semillas de cardo, insignificantes en su pequeñez. Las Silva, las Pérez, las García, nos adelantan también, cada una con su cada uno.

En esto intervalo, la Vallejos me da una mirada y suspira. Yo le doy otra y suspiro. En seguida, notando que nos hemos quedado rezagados, galopamos un trecho y volvemos a ocupar un lugar en primera fila.

Oigo a un señor gordiflón, que va sobre el caballo como puede ir un saco de lona abandonado sueltamente al compás del galope, que dice a la pasada:

— El periodista se quema las alas.

— ¡Imbécil! — pensé para mí — lleno de la más horrible indignación. — ¿No puedo ir al lado de la señorita Vallejos enumerándole sus bellezas físicas por orden alfabético, sin quemarme absolutamente nada?

Por fin, se divisa a lo lejos un grupo de árboles, frondosos y apretados, y el galope aumenta. Son los peumos: el centro social de aquel bendito pueblo en que las señoritas le preguntan al que llega, sí las encuentran hermosas, con la misma sencillez con que aquí se les pregunta como está la salud y si va a quedarse algunos días en la ciudad. — ¡Los peumos! Teatro de la egoista y provinciana sociedad que hemos conocido; centro de idilios cursis con olor a agua florida; sitio de horribles cólicos misereres a consecuencia de los almuerzos y onces al aire libre; nido de sueños, ilusiones, esperanzas y desengaños de amor.

Muy pronto toda la cabalgata echó pie a tierra y las parejas se distribuyeron entre el follaje, separándose como el agua del aceite, el elemento viejo de la bullanguera y animosa juventud.

Muchas horas trascurrieron de alegre expansión para algunos y de mortal aburrimiento para mi. A poco rato, la señorita Vallejos me pareció la más empalagosa criatura; pura miel de abejas. Sus ojos rasgados bajándose siempre con una mentida muestra de turbación, sus mejillas infladitas y llenas de una pelucita de durazno maduro, sus labios colorados como guindas; todo, en fin, me iba cargando horriblemente en esa pequeña morenita que no me habría atrevido a calificar de desenvuelta, pero si de cursi.

Por fin, llegó el almuerzo y a pesar de los esfuerzos desesperados que hice por alejarme de la señorita Vallejos, fui a quedar a su lado.

— ¡Usted estará ya muy aburrido conmigo— me dijo de pronto,

— ¡Qué ocurrencias! Estoy en la gloria.

¡Qué incansable desfile de comestibles de toda clase! Cazuela de ave, empanadas, salpicón, aceitunas, jamón y frutas, todo servido con una abundancia desesperante y obligado a la repetición mas fatigosa. Allí se comía de una manera salvaje, primitiva, absurda. Un señor gordo mascaba y tragaba con el ruido con que masca y traga una chancadora de piedras que se le arrojan. Varias damas entradas en años apelaban a las manos y esgrimían sendos encuentros de gallinas que dejaban muy luego reducidos a su más simple expresión.

Allí fui víctima obligada de las más atroces observaciones. La madre de las señoritas Vallejos, una señora algo nerviosa que hacía a cada instante con boca y nariz el mismo gesto que hacen los conejos cuando se les acerca una ramita de alfalfa, me dijo de pronto:

— Lo felicito, señor Pino, por el folletín que usted está publicando.

— Gracias, señora. Se hace lo que se puede.

— ¡Pero qué incansable es usted! Mire, diga aquí con toda franqueza cuánto se demoró en hacer usted Los dos Pilletes... Confiéselo.

— No; yo le diré a usted, señora, que allí metió mano Decourcelle.

— ¡Ah! Algo le ayudarían, es claro; pero ahi estaba patente su mano. Luego ¡miren que es gracia estar haciendo novelas cuando se tiene que escribir los telegramas, la crónica y los avisos! ¿no es cierto?

Un señor colorado y con cara de zorro me mira a cada instante sonriéndose maliciosamente, y hasta se permite hacerme algunas señales con la cabeza. En el primer momento creí que se trataba de que mi corbata estaba chueca y la enderecé; más tarde se me ocurrió que todas esas miradas y señales podían advertirme que mi prendedor se salía de su sitio y lo afirmé con sumo cuidado; y por último, como las señales y miradas irónicas continuaban, se me ocurrió que podría estárseme pasando la mano en las libaciones y comencé a echarle agua, mucha agua, a cada copa de chacolí que me servían. Sin embargo, el caballero con cara de zorro seguía observándome con el rabo del ojo y sonriéndose enseguida, como diciendo: ¡ah! pillo!

Una señora comenzó a decir en voz alta que me compadecía profundamente por ser periodista.

— A los periodistas — decía una voz gangosa y desafinada — les pegan casi todos los días. ¿Dan la noticia de un matrimonio? Pues unas veces los padres de los novios, otras veces los rivales del que se casa y generalmente el novio mismo, van donde ellos y los hacen pedazos a bofetadas. ¿Publican la noticia de que se ha llevado el cadáver de una persona a la Morgue y resulta que la persona no ha muerto? Pues va el cadáver a la imprenta y les pega. ¿Escriben un nuevo folletín? Pues saltan las personas que salen en el folletín y por cada vez que las nombran, les dan una bofetada.

— Pero, señora! — dije yo con acento convencido — a ese paso ya no estaríamos vivos. Usted exajera mucho.

— No, no, caballero. A ustedes les pegan por lo menos, día de por medio, no me contradiga usted, porque lo se.

Junto con acabarse el almuerzo, el caballero con cara de zorro se vino hacia mi, abriéndose paso entre todo el mundo. Lo esperé ansioso de saber el motivo de su irónica sonrisa. Se me puso al frente, me miró con fijeza y en seguida me dio una palmada en la cara, diciéndome al mismo tiempo:

— ¡Ah, pillo! ¡Buenas piezas son ustedes los periodistas! ¿Con que, por allá en Santiago ustedes son los árbitros de la situación, eh?

— No le entiendo a usted.

— No se me haga el de las monjas, hombre! ¡Yo me explico! (Otra palmada). Esos bastidores, esos camarines, esas tiples ja! ¡ja! ja! ¡Ah, pillo! Cuente usted, hombre cuéntemelo usted todo, venga usted aquí al pie de este peumo y conversaremos largo ¡Ja! ¡ja! ¡ja!

— Usted me perdonará, caballero. No cultivo el ramo de bastidores. Yo no se lo que allí ocurre.

Pero el señor colorado, animado muchísimo por el chacolí, me instaba vivamente a que lo recreara con detalles que él estimaba pintorescos y deliciosos. Mucho trabajo me costó convencerlo de que ser periodista no era precisamente ser petrimetre.

Entre tanto, se había susurrado entre los comensales, que mis asuntos con la señorita Vallejos marchaban viento en popa. Aun llegó a mis oídos, por conducto de mi amigo, que la señora de Vallejos, poniéndose ya en el caso de un matrimonio posible había dicho:

— La lástima es que este hombre se llame Pino. No puede ser de la high-life. Yo conozco unos Pinos en el Romeral y esa es gente muy ordinaria.

En fin, aquel paseo campestre se estiraba de un modo lamentable. Pero yo desesperado de la señorita Vallejos que, como un moscardón me rondaba, monté á caballo y emprendí algo así como retirada de los diez mil, diez mil veces más pequeña.

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