Blasones y herramientas

Free texts and images.
Jump to: navigation, search

Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Blasones y herramientas


Cuentos p.27.jpg
ndando por los caminos de la vida, una linajuda señora llegó a cierta población costera, donde tenía unos parientes, jefes de dos familias y primos entre sí: el uno era marqués y el otro carpintero. Los dos pasaban en el pueblo por buenas y apreciables personas: el uno, en su palacio; el otro, en su taller.

Más que los estímulos de la sangre, llamaron a la viajera hacia aquellos sitios la curiosidad de conocer el hidalgo solar de sus mayores, la noble casa de sus abuelos, venida a poder del primo titulado, y también el deseo de conseguir una copia del escudo que ornamentaba la ilustre mansión.

Desde muy niña vivió la señora lejos de la Montaña, su tierra natal, sufriendo las marejadas de un destino veleidoso. Y al cabo de largo tiempo volvía a su país en el goce de una modesta posición, que la colocaba, socialmente, en una distancia media entre el carpintero y el marqués, a quienes no conocía.

Corrían por el pueblo aldeano rumores ciertos de aquella visita y cuando la viajera descendió del coche a la vera del "Parador", un grupo de curiosos fué rodeándola, y un hombre, con la boina en la mano, le dijo humildemente:

— Señora: soy Lucas.

Ella le tendió la mano con una sonrisa acogedora que le alentó para acometer a media voz, a través de su turbación manifiesta, un ingenuo discurso, brindando a la dama cariñoso hospedaje en calidad de pariente.

Con acento conmovido, insistía:

— Si usted no lo tiene a menos, honrará mucho nuestra pobreza y estará tan bien como en la posada.

Acentuó su agrado la señora y sin vacilar aceptó el expresivo ofrecimiento de Lucas.

— Vivimos cerca —explicó el carpintero con la cara radiante—, ahí a la vueltuca, mirando a la playa.

Los curiosos les vieron partir haciendo comentarios, y no muy satisfactorios por parte del posadero, que se quedaba sin huéspeda.

Llegando los dos primos cerca de una casita coronada por bella parra frondosa.

— Aquí es —dijo el hombre.

Alzó la señora los ojos hasta el balconcito colmado de flores, y vió a una mozuela retirarse hacia dentro precipitadamente. Sintióse en la casa vivo revuelo como de palomar agitado, y a poco se presentó en el portal toda la familia de Lucas para hacer a la viajera el más afectuoso de los recibimientos.

Con refinadas atenciones, llenas de respetuosa cordialidad, fué instalada la señora, cómodamente, en lo mejor de la casa.

En seguida se puso en activo movimiento toda aquella gente: las niñas, ya creciditas, se fueron a recados; la madre atizó la lumbre y empezó a disponer cacerolas y sartenes; el muchacho salió al corral a partir leña, y Lucas repitió al oído de su esposa unas apremiantes recomendaciones acerca del esmero con que se había de tratar a la forastera.

Sola en el amplio saloncillo, la recién llegada examinó con íntimo placer el típico mobiliario de la habitación: sillería de paja; espejo vestido con gasa color de rosa; estantes de madera prolijamente labrados; cortinas almidonadas y dentro del dormitorio una hermosa cama de roble muy vestida de colcha tejida a punto de gancho.

Cantaban entre la parra unos pajarines, y la brisa marinera remecía las cortinas levemente. Una profuna sensación de paz caía con la tarde moribunda en la salita silenciosa.

Trajo la dama a sus labios un suspiro impregnado de indefinibles memorias. Parecíale como si de las alegrías de su infancia y de las ilusiones de su juventud aspirase allí un lejano aroma de insinuante embriaguez. Y, sin embargo, nada había tenido que ver con la plácida casita del carpintero, cuyo salón humilde olía sencillamente a flores y a manzanas, colocadas con esmero en los estantes de madera.

Pero la hospitalidad afectuosa y el aspecto seductor de la vivienda tranquila, asomada al mar y al campo, habían removido en el corazón de la viajera las cenizas de sus más dulces recuerdos. Plegó con valentía las alas de la memoria y llamó a Lucas para, interrogarle acerca del marqués, primo de ambos, con quien al día siguiente, deseaba celebrar una entrevista.

El carpintero habló del encumbrado pariente con una ceremoniosa indiferencia: le trataba poco; sólo cuando el señor le llamaba para encargarle alguna obra en las frecuentes reparaciones que se hacían en el palacio. Las más delicadas labores de carpintería eran confiadas en estos casos a la habilidad de Lucas: el marqués pagaba lo estipulado y el artista se volvía a su taller aparentando no acordarse para nada de que llevaba un ilustre apellido lo mismo que el señor. Circunstancia que también éste parecía olvidar.

Así, aquellas dos vidas, animadas por una misma sangre, corrían por distintos caminos. La una, en el palacio; la otra, en el taller. ¿Quién las había separado? ¿El egoísmo del marqués o el orgullo del carpintero?

Esto se preguntaba la señora con estimulante curiosidad, complaciéndose en la mirada sosegada y noble de su huésped.




A la mañana siguiente despertó con dulzura la viajera, sumida en los espumosos colchones de la cama patriarcal.

Ululaba el mar dormida en la costa bajo el sol, y en el patio de la casa el serrote de Lucas repetía una paciente cantinela, mansa estrofa en el poema sublime de la constancia.

Una niña entró con timidez a llevar a la dama el desayuno: café con leche servido en enorme tazón pintado de flores, con un lema dorado y pomposo que decía: "¡Viva mi dueño!".

Mirando la vulgar leyenda, amorosa expansión de rudos corazones, acordóse la señora de su noble escudo montañés, de león rampante y florido campo de gules, cuya altisonante letra se remontaba a excelencias poco menos que divinas. Y pensó que el actual marqués, dueño y representante de aquella hidalga ejecutoria, no podría menos de ser un cumplido caballero.

Había en estas cavilaciones un vago temor y aun cierta penosa adivinanza. Conocía ya el marqués el arribo de la forastera y el objeto de su viaje; pero únicamente la solicitud de Lucas la había librado de parecer una extraña, en aquel pueblo, cuna de su familia.

Cuando esta punzante consideración mortificaba a la señora, llegó un sirviente del palacio a entregarle una carta, dentro de la cual, entre patentes vulgaridades, le advertía el marqués cómo le era imposible recibirla en persona por tener dispuesta una excursión fuera de la localidad; pero en cualquier momento podía llegarse a visitar la finca; los criados tenían orden de enseñarla, y en cuanto a la copia del escudo, encargaría a Lucas una fiel reproducción, tallada en madera, para tener el gusto de regalársela a la prima...

La aristocrática investigadora de hidalguías heredadas y escritas noblezas, puso una sonrisa desdeñosa sobre el papel blasonado, y apoyándose en el fuerte rastel del balconcillo, rasgó la carta dejando caer los pedazos menudos, en liviano vuelo, allí donde el cepillo pulimentador de Lucas alojaba en incesante trajín virutas olorosas, delante de los contemplativos ojos de la viajera. Los papelitos blancos fueron cubiertos rápidamente por los rizados listones...

Pocos días después, lejos ya del poblado costanero, recibía la dama, en elegante estuche, la prometida copia del blasón, regalo del marqués y talla primorosa del artista.

Y como recuerdo de esta aventura, sabemos dónde se guarda un escudo de madera sobre cuya letrilla sonora ha escrito una mano de mujer: Recuerdo de mi querido pariente Lucas el carpintero...


La traición << Blasones y herramientas

>> El buen mundo


SemiPD-icon.png Works by this author are in the public domain in countries where the copyright term is the author's life plus 61 years or less. cs | de | en | eo | es | fr | he | pl | ru | zh
  ▲ top