Bodas de Plata

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Bodas de Plata
escrito por Víctor Pérez Petit
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)



No conozco cosa más desagradable que un Almanaque. Aparte su convencionalismo, su uniformidad, sus repeticiones prosaicas y vetustas, me enfada sobremanera su antipática misión: eso de estarle recordando á uno el tiempo que pasa y el que nos resta por vivir, es una cosa infame, sencillamente. La presencia de un Almanaque crispa los nervios; su sola aparición es el tristísimo anuncio de que somos un año más viejos. Y desde el día de la Circuncisión hasta el de San Silvestre, él nos va recordando, inexorablemente, lo que nos recuerda el melancólico cuento de Alarcón bordado primorosamente sobre la estrofa:

La Noche-Buena se viene,
la Noche-Buena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más;

esto es, que el implacable péndulo del tiempo va acortando la distancia que nos separa de la muerte, y que así como desaparecieron para no volver más nuestros antepasados, así desapareceremos nosotros á nuestra vez, sin sospechar las maravillas y sorpresas que depara el futuro á las generaciones venideras.

Más humanitario, aunque muchísimo menos científico, era el calendario romano con sus calendas, nonas é idus. Aquel primitivo sistema de contar era la esperanza. Los niños, dice Arago, teniendo fija su atención en el día de descanso dominical, designan el día en que viven por su distancia del día festivo, y así dicen con un optimismo encantador y risueño: — Estamos á tres, cinco, seis días del domingo. Lo mismo hacían los sesudos romanos contando los días por su distancia de la fiesta venidera del propio mes. Nosotros, que nos reímos un poquito de las reformas de Julio César y el papa Gregorio XIII, y que sólo tomamos por nuestra próxima fiesta el día en que vence un pagaré ó vemos aparecer el simpático rostro del casero, tenemos un modo menos risueño de contar y decimos sencillamente: — El quince ó veinte de Febrero ó Diciembre, — con lo cual significamos que otros tantos días nos restan de menos en la vida.

¿Con qué agrado, pues, hemos de ver esos libros temerarios que llevan en su portada, como escudo de armas, la guadaña y el reloj de arena del Tiempo y de la Muerte?

Y, sin embargo, hay un Almanaque amable, seductor, hermoso, que deseamos ver aparecer, aunque ese deseo importe hacernos un año más viejos. Él escapa á las abominaciones y anatemas que se ciernen sobre sus demás congéneres... Veréis por qué.

Hace veinticinco años, dos hombres jóvenes y entusiastas — ¿he de deciros que eran los señores Prieto y Espasa? — fundaron un Almanaque que tenía la enormísima pretensión de ser original. Original, en aquel año de 1877, era no concretarse á reproducir todo el santoral, las fases de la Luna, el cambio de monedas y un puñado de chascarrillos inofensivos; original era hacer un Almanaque que no recordara el tiempo, sino que le hiciera pasar inadvertido y agradablemente. Ilustrado aquel primer volumen por el artista Tomás Padró, famoso dibujante del semanario satírico La Flaca, que levantó no poca roncha en los políticos españoles de la época, y con un material literario escogido, entre el cual sobresalían unas páginas suscriptas por el general Mitre, don Ricardo Palma y el famoso epigramista Villergas, el Almanaque Sud-Americano se impuso al público desde el primer momento. El público acogió con simpatía aquel primer volumen que, lejos de servir intereses puramente comerciales, era la obra de dos jóvenes entusiastas y valientes, llenos de un acendrado amor al arte, que pretendían tan sólo estrechar los lazos entre los escritores americanos y españoles, ya unidos por los de la sangre, la tradición y el idioma.

Muerto Padró cuando se disponía á ilustrar el segundo volumen del Almanaque, continuaron su obra otros distinguidos dibujantes, hasta el año 1886, en que aparece Apeles Mestres, el genial artista que ha enriquecido desde entonces hasta hoy las páginas de esta hermosa publicación con todos los primores de su lápiz privilegiado, con todas las claridades de su robusta inteligencia.

Pero ya el Almanaque Sud Americano había tomado un vuelo altísimo gracias á los constantes esfuerzos de su director el poeta Casimiro Prieto, nuestro amigo, y del señor Espasa, uno de los pocos editores que, á un acendrado respeto por el arte, unen una inteligencia y un corazón dignos de los más altos elogios. Hízose necesario secundar en su valiente labor al simpático Apeles Mestres, y así fué como toda una brillante falange de reputados artistas empezó á colaborar en el Almanaque, descollando entre ellos por sus proezas é inspiraciones Pellicer, Planas, Pahissa, Ross, Llovera, Xumetra, Cilla, Estevan, Picolo, Fortuny, Pascó, Cabrinety, Eriz, Cotanda, Gili y Roig, Foradori, Foix, Mayol y Federico Prieto, hermano del director del Almanaque, cuyas ilustraciones é iniciales nos le han revelado como un artista de raza, inspirado y estudioso.

Por lo que respecta á la colaboración literaria, demás estaría hablar de su mérito, interés y buen gusto, constándonos á todos, como nos consta, que quien tales flores recoge en los vergeles americanos es un hombre del temperamento artístico del señor Prieto. Las firmas de los escritores y poetas de mayor nombradía de España y América han engalanado las páginas de esta publicación, que, como lo he dicho en otra oportunidad, más que Almanaque, es un álbum artístico digno del gabinete de estudio del hombre de letras, así como del elegante boudoir de una mujer hermosa.

Hoy, el mejor elogio que puede hacerse á esta publicación es recordar su popularidad en el continente americano. No hay otra que haya alcanzado, y tan justamente, una circulación tan grande. No hay otra, ni aun entre las revistas literarias de mayor fuste, que haya realizado este milagro portentoso: dar á conocer en una de nuestras jóvenes repúblicas los ingenios con que se enaltece y honra su limítrofe. Porque si hasta hoy nosotros, los americanos, sabíamos más del alto Senegal y de las islas Pomotú que de los países de los cuales sólo estamos separados por un río ó una montaña, de hoy en adelante no nos quedaremos mirando á las estrellas cuando se nos hable de Vargas Vila, Gallegos del Campo, Santos Chocano y otros de este valer.

¿Se comprende ahora por qué, á pesar de nuestro odio contra todos los Almanaques, aplaudimos éste, y con mayor motivo hoy, que, en los brillantes albores del siglo XX, celebra dichosamente sus Bodas de Plata?


Montevideo, 1900.


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