Don Quijote en Barcelona

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Don Quijote en Barcelona
escrito por Concha Espina
Madrid, 1916 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Don Quijote en Barcelona

CONFERENCIA III DE LA SERIE ORGANIZADA POR LA M. ILTRE. JUNTA DE DAMAS DE BARCELONA, PRONUNCIADA EL 19 DE DICIEMBRE DE 1916, EN LA SALA MOZART.


Vengo de Cantabria, la tierra altiva y libre que dió cuna de hierro a las naciones españolas. Ella fué madre y maestra de mi vida; ella me enseñó las profundas inquietudes de su mar impetuoso y los altos amores de sus cimas de nieve: así las olas batieron mi existencia con bríos de lucha y amargos de salitre; así las cumbres me levantaron pensamientos y codicias por el camino de las estrellas, hasta los jardines de Dios. Con todo lo cual quiero deciros, y ello es bien patente, que no soy una embajadora del ingenio y del estudio, sino una agreste viajera tocada del noble amor, una criatura que supo muy pronto ambicionar y sufrir.

Las damas de Barcelona, insignes por sus virtudes, o, mejor dicho, los ángeles de esta ciudad, me han llamado con generosa benevolencia. De la mano suya estoy aquí y con su firme apoyo siento que huye mi natural timidez, poco habituada a salir de sus esquivas y melancólicas soledades. La suerte, que no acostumbra a serme venturosa, muéstrase conmigo muy amable en esta ocasión y empuja mis pasos con una brisa tan dulce como lo es en Diciembre vuestro ponent, el viento cálido y azul de la costa barcelonesa...

Cuando pensé llegar a una tierra tan ilustre y fuerte, a la que sólo conocía por el renombre de sus glorias, con el gozo del viaje sentí crecido el corazón, y quise, como otras veces, derramarle en el de la patria. Volví los ojos al camino que había de recorrer y le ví signado por la arteria magna del gran corazón maternal. El Ebro, caudaloso y fluyente como una inmensa aorta, me señalaba el rumbo: era para mí una ruta viva y clara, con voz y sentimiento, llena de expresión y maravilla; era España abriendo el recio tronco de su árbol cordial para venir conmigo desde Cantabria a Cataluña.

Tuve la visión por emblema, quizá viejo como símbolo, pero tan elocuente y noble, que le rejuvenecí con el calor de mi alma, complaciéndome en sentirle y agradecerle. Ibame con el pensamiento a lo sumo de las Peñas de Europa en la enorme cordillera occidental de cumbres ingentes y desnudas, allí, en Peña Labra, veía nacer el río que tomaba nombre en Fontibre para dárselo a la Península. He observado que aquel caudal sereno y límpido se tiñe del color de la esperanza en el vaso apacible de sus fuentes, y gozábame en pensar cómo iban las aguas verdosas y fecundas arrumbando hacia el Sur entre los montes para formar de pronto «el cayado de la vena», haciendo una curva de cara al Este. Ya desde aquí el curso del río sigue certero hasta fenecer en el Mediterráneo. Aunque se rice y se abra, aunque luche y verbere, camina siempre buscando a Cataluña con un amor tenaz. Salva la hoz entre los montes castellanos alaveses, se interna en la llanura feracísima de la Rioja, cruza Navarra y se mete en Aragón por su valle, el gran valle del Ebro, hasta arribar a Zaragoza desangrándose en canales fertilizadores. Para besar con piadosos arrullos el Pilar de la Virgen le envían sus aguas los puertos del Canfranc y del Moncayo, la Fonfría y Sallent; luego se le rinde el Segre con el caudal de ambos Nogueras, y el Cinca brioso que allá en el alto Pirineo se asoma a la brecha de Roldan. Ya en la frontera catalana rompe el Ebro con ímpetu creciente el nuevo muro de la sierra, vuelve a curvarse, ondula en rizos y meandros para llegar a Tortosa, y al fin descansa; se entrega como un enamorado, se vierte en golas y canales, rezuma entre juncos, islas y albuferas, se ensancha en la costa, tiende con afán los brazos, hasta que, rendido y moribundo, endulza las hieles de la mar y pinta las aguas azules con el agua roja de sus acarreos, sangre de las venas de España... Todos mis ideales patrióticos, nacidos como el Ebro en fuentes cántabras, serenas y puras, sintiéronse bajo esta evocación arrastrados en el cauce generoso del gran río. Era igual que si mi vida se derramara fervorosa en aquellas corrientes para ungir las tierras de Castilla y Aragón y llegar a Cataluña en un raudal que tuviese las virtudes fecundas de la sangre, el murmullo amoroso de las lágrimas, el eco pío de las oraciones y el sublime clamor de un himno fraternal.

Como si fuera poca dicha el sentir, por tal suerte de emociones, que todo el vaso de mi corazón se vertía en las arterias de España rindiendo homenaje a un pueblo hermano, sucedió que en medio de este camino sentimental salióme a detener una figura venerable y eterna, un inmortal viajero, alma, carne y voz de Castilla, que venía también a Barcelona. Alto, cenceño, enjuto, vestido de vieja armadura, con tosco yelmo y ruda lanza, ginete en flaco rocín, tenía su rostro una expresión indefinible y singular, majestuosa y abatida a un tiempo, melancólica y aguileña.

Ya le habréis reconocido: es don Quijote de la Mancha. Acaba de hospedarse en una casa ducal, precisamente allí donde, muy cerca, supo formar el Ebro la ínsula siempre codiciada por los incorregibles soñadores.

Pero a nuestro caballero andante no le detienen mucho los sueños ni las codicias; le empujan sin reposo, en eterna inquietud. Apenas cumple un mandato de su pródigo corazón, ya se le inicia otro en la infatigable voluntad, y, como vive errabundo y enamorado al través de los siglos, es frecuente hallarle en las sendas que más le importan, siempre que al andarlas llevemos puestos los ojos en su deal inmarcesible y atento el oído a los callados rumores de la tradición, allí donde surten para la raza hontanares perennes de gloriosa fraternidad.

El Caballero de la Triste Figura reposó en el castillo aragonés halagado por magnates, cortejado por doncellas y seducido por venturas prodigiosas; mas no se dejó enmollecer con el lujo y el ocio, y despidióse luego de una vida tan deleitable, mal conforme a un avanzado campeón de la Caridad. Entonces, puesto en el cruce de Buenavía o Buen-Camino, quiso elegir entre aquellas veredas la mejor para llegar a las justas del Arnés que iban a celebrarse en Zaragoza. Una circunstancia providencial le tuerce el rumbo, y desde el ventorrillo, situado en el Alto de la Duquesa, cambia el sendero buscando con firme resolución el norte de la Ciudad-Condal....

Hace trescientos años, lo mismo que ahora, con los anchos surcos de aguas y de tierras que brotan hacia aquí desde las provincias castellanas, don Quijote, caminante y ansioso, no es un mito, no es un recuerdo ni una ilusión: es vida que no envejece, carne que arde y pena, lumbre y sufrimiento que pugna por santificarse. Es el hombre justo de todos los tiempos y todos los caminos; pero viene a vosotros, los catalanes, con una especial solicitud, cargado de virtudes y pasiones que, si convienen en conjunto a la humanidad, son, por excelencia, patrimonio del espíritu español, y merecieron personificarse en don Quijote bajo el dominio soberano de un alma española a quien hicieron universal la divina gota del ingenio y la humana semilla del dolor.

Hoy, como ayer, el Caballero de la Mancha, sublime encarnación de hidalguía y piedad, sigue hallando en su doliente romeraje doncellas enamoradas o fingidas, dueñas menesterosas, damas gentiles, ensueños y traiciones, piedras y lodo, ventas y gigantes: la realidad y la ficción: espejos de la vida.

Hoy, más que nunca enfurecido el mundo, las sinrazones y los entuertos contristan a quien vive ciego de lástima, tocado por la excelsa locura redentora. Y don Quijote al venir a Cataluña quisiera trasponer las fronteras, penetrar en la herida enorme de Europa, y detener con arrogancia invencible a los crueles ejércitos que abren un camino triunfal para la muerte. Quisiera ensordecer con un grito piadoso los bárbaros estruendos de la pólvora; apagar de un soplo las llamas de sangre que cunden en los campos; erguir en paz los pendones caídos; poner, con ingenua ternura y para siempre, el bálsamo de Fierabrás sobre todos los humanos dolores... No habían hogaño de arredrarle diabólicas trazas de la guerra, que él tiene ya costumbre de pelear con monstruos y encantadores, endriagos y gentes descomunales. Nada le espanta ni le apura: ha combatido con enemigos brujos y contra máquinas perversas; ha navegado por el Ebro al garete, sin remos ni jarcias, en un barco atrevido y misterioso; ha volado en el primer avión del mundo, el gentil Clavileño que se elevó por los aires hasta las mismas constelaciones, sin otro motor que una clavija, con más velocidad que la saeta y mayor gallardía que el neblí; sabe mucho, también, de heridas y de golpes, de cárceles y vigilias, de ayunos y pesadumbres militares. Y al tocar hoy las lindes de vuestro pueblo soleado y juvenil, próspero y rico por gracia del trabajo y de la paz, el insigne viajero de Castilla clava con ambición suprema los ojos en el Levante y el pensamiento más allá de los horizontes, soñando con el irrealizable anhelo de una alianza universal. Si lograrla fuera posible, don Quijote, presa siempre del estado heroico, seguiría soñando con otro gran poema de la vida. Su destino es ese: calentar los más puros ideales en el ascua viva del corazón, y mantenerlos a costa de inmortales sacrificios, con perpetua esperanza.

Pero, aunque las vicisitudes sin remedio ni fin adquieren en el alma de este hombre una profunda resonancia de eternidad, no por eso él deja de inclinarse, ferviente, a los pequeños infortunios y de poner el brazo y la atención donde cualquiera criatura gime, sobre todo si es ella una débil mujer.

El incomparable amador de Dulcinea que, según mi paisano glorioso, Menéndez y Pelayo, mantiene en el mundo «el doctrinal del perfecto caballero, la epopeya de la fidelidad amorosa y el código del honor y la cortesí», piensa, sin duda, como los poetas griegos, que el fango de nuestra carne fué amasado con lágrimas símbolo melancólico de todas las potencias del dolor que la mujer posee y ejercita, y sintiendo romper en los pliegues originales de su alma nuestra latente amargura, se vuelve a cada paso hacia nosotras, con las entrañas henchidas de piedad y las frases embalsamadas de amor. El es, de los siglos y los pueblos, nuestro más leal paladín, el que más nos disculpa y nos ensalza, el que mejor nos comprende y nos estima. Así, cada noble mujer quisiera hallar en el hombre elegido las raras virtudes caballerescas y amatorias de don Quijote: galantería, constancia, rendimiento; el varonil orgullo con que él mismo dice que su blasón es la firmeza. Yo, por artista y mujer doblemente inclinada a su culto, pretendo servirle de cronista en este viaje suyo a Barcelona, al hogar hospitalario de Cataluña. Y a tan ambiciosa esperanza huelga decir que no me inducen presunciones intelectuales, sino impulsos del sentimiento, apremiante solicitud del corazón.

Ya que tuve la suerte de encontrar al Ingenioso Hidalgo en tierra aragonesa, cuando yo venía con el Ebro desde mis hoces, dejando correr las venas sentimentales al rumor de las aguas puras y libres; ya que me detuvo el resalto magnífico de su aparición solitaria, quiero seguirle aquí las huellas, con la humilde prosa de mi romance.

Aunque don Quijote conoce un poco los vergeles de Andalucía y los fértiles llanos de Aragón, al pisar vuestros umbrales se embriaga de belleza y de luz. Grande artista y altísimo poeta, siente, por divina intuición, el soberbio tumulto de las cosas calladas, y se entrega a las emociones del paisaje con un goce místico y profundo, lleno de inquietudes indecibles. Hecho a posar los ojos y el espíritu sobre la tierra pálida y enjuta, muerta de sed; acostumbrado a vivir rostro a los horizontes manchegos, solemnes y desnudos, bajo las inclemencias de la nieve y el sol, aquí se le enredan los pensamientos en la indómita curva de los montes, en la frondosidad de los parajes, en la dulzura de las brisas, en la endecha fuyente de las aguas.

Ciudadano del mundo por la complejidad de su conocimiento en achaques humanos, a don Quijote no le sorprenden en la selva catalana el brío y la pasión de Claudia Jerónima ni la maleante bizarría de Roque Guinart. Gusta, después, con tranquila llaneza, el acogedor asilo de don Antonio Moreno; el encanto y las bromas de las damas; el maravilloso palique de la «Cabeza parlante». Su magnánimo corazón de hombre, hecho con el ingenuo corazón de un niño, está siempre inclinado hacia la vida, sin asombro, con una mezcla inefable de razón y locura: todo lo adivina, lo confunde y lo perdona.

Pero el hondo torrente de poesía que cunde por esta alma de elección, se desborda ante la Belleza con exaltaciones con las cuales don Quijote vive siempre admirado, sediento, febril. Y desde la selva catalana hasta la playa barcelonesa, viene absorto, delirante, soñando que asiste a una nueva creación.

Aire tibio, fragancias de los huertos maduros, tribu de árboles gentiles, mullida senda, cantares de las fuentes, acompañan al viajero en la noche hacia la costa. Y, bajo el hechizo de tantas novedades, oye un hondo murmullo desconocido, encuentra el vago perfil de la llanura azul: ¡descubre el mar! No es la suya una visión lograda y objetiva, es un atisbo enorme, el tácito contorno de una imagen absorbente, la vislumbre de una existencia monstruosa.

En las lindes de este grave secreto, a la orilla de esta aventura colosal, el gran poeta castellano deja que se deslicen sobre su éxtasis los delicados pies de las horas, y aguarda inmóvil, suspenso, hundido en emociones que tocan las riberas eternales.

Duermen la ola y el aura, silencioso el arcano de su melancolía; el resuello de la marea nace con perfume salobre y se extingue ancho, sugerente, en un claro suspiro que roza la formidable hermosura de los cielos; tiemblan los astros que en la sicigia resplandecen con rubia mirada; fluye el tiempo como un río anchuroso; parece que la eternidad se escucha a sí misma, que la creación entera está velando a Dios.

A don Quijote, sumergido en excelsa beatitud, le duelen el esfuerzo sagrado de la vida y el ansia celestial de lo infinito. Rinde su alma de hinojos al borde del misterio y ensalza al Divino artista que hace sonar para siempre los bosques y la mar.

De pronto en los cielos se aflora la luna y por las aguas deriva una estela de luz. Ya el peregrino tiene a sus pies, descubierta un punto, la planicie del Mediterráneo, trémula y viva, arcana, evocadora. Y él, que siente con exquisita penetración la grandeza de lo imperceptible, queda postrado en admiraciones ante la desconocida realidad de esta urna palpitante, donde se refleja la noche abrazada al espacio.

La evocación surge al claro lunar como un fresco arroyo de la Historia, que, poco a poco, se ensancha igual que una impaciente marea hasta cubrir el horizonte. «El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro» se pueblan de naves, de muchedumbres, de sonidos: flota de blancas y henchidas velas coronadas de grimpolas y gallardetes; arrogantes guerreros de luminosas armaduras; bélico son de clarines, de trompetas y atabales. Enamorado el buen don Quijote de la alta y famosa Caballería que al través de los siglos tuvo tan gallardos timbres en vuestro solar y en vuestro idioma, ve pasar como en sueños a los heroicos paladines de San Jorge, a los invictos capitanes de la tierra y de la mar, Berengueres y Moncadas, Rogeres y Claramontes, Entenzas y Cardonas, Rocafortes y Queraltes, Cervellones y Marteles, que por todo el imperio latino, del Ebro al Helesponto, pasearon victoriosas las áureas banderas de las cuatro barras. Vuestros condes insignes; los reyes de Aragón, Pedros y Jaimes de inmemorial renombre, surgen también a los ojos del hidalgo manchego, seguidos de imponente grey que, en hervorosos oleajes, inunda el camino del Ampurdán y el Rosellón, de Tortosa y Valencia. Suben al cielo vitores y clamores semejantes al bramido de la implacable tramontana; huyen francos y moros ante el furor de las ballestas vencedoras y el ronco grito militar ¡desperta, ferro! Los duros almogávares, los que humillaron en Oriente las proezas de los Leónidas y Aquiles, hacen temblar al mundo bajo sus rústicas abarcas.

El claro Mediterráneo resplandece como una inmensa técnica de seda. Rompe la aurora en la página azul del firmamento, y la marea cierne su frescura con más viva fragancia de salitre, con acento más distinto y alegre... Sale el sol y traza por las aguas ancho camino de púrpura. Las velas latinas, traspasadas del ígneo resplandor, adquieren en el aire palpitaciones de flámula. Todo el mar, vuestro mar riente, henchido y reposado, despierta y late lleno de la gracia antigua, de aquella gracia inmortal que trajeron las olas y las brisas helénias a vuestro Empori luminoso, y que aun vive en toda Cataluña, en la raza, en el ambiente, en usos y costumbres, en las danzas populares y hasta en la griega barretina del payés...

Allá en el puro horizonte levantino, ve absorto el caballero castellano dibujarse la dulce silueta de la Isla de Oro, los armoniosos perfiles de Mallorca, los puertos de Provenza y de Italia, la concha de Nápoles, las playas rubias de Sicilia, y, más lejos aún, las rutas de Corinto y del Egeo, las riberas del Atica y del Bósforo, los surcos indelebles de aquellos navíos catalanes, terror de los corsarios y los déspotas, nobles amparadores del derecho, escrito en el famoso Consulado de Mar...

Vuelto a lo presente desde las lejanías del recuerdo, saluda otra vez Don Quijote al gran coloso de «sangre azul», al más bello remanso de la civilización y la cultura. El pensamiento del hidalgo, misterioso como las emigraciones de las aves, huye y vuelve por encima de las olas ébrio de históricas membranzas y de orgullo español. Y frente a vuestra ciudad, única en sitio y en belleza archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos, correspondencia grata de firmes amistades, que así la llamó el Príncipe de los Ingenios; junto a vuestra costa memorable y augusta, arden, con viva lumbre de fe, unas palabras conmovedoras, verbo encendido del corazón de Castilla. Os habla el inmortal viajero con el alma abierta y desnuda, en el idioma privilegiado y caudaloso que rompió las tinieblas de otros mares, empujó en la sombra los horizontes y alumbró un mundo nuevo, veinte naciones modernas donde el arte, la poesía y el amor, universales caminos de la vida, tendrán siempre un acento castellano.

Al hablaros así el primero de los españoles, sabe cuánto respetáis esta lengua que por él mereció llamarse «de Cervantes» y culminar entre las más ilustres. Lo sabe porque conoce la devoción que consagráis a la vuestra, íntima y maternal, de purísimo linaje y acrisolada historia; la que más ha cantado en España a la Virgen María; la que expresó con divinos arrobos, antes que las otras de Iberia, las efusiones del Amor místico; la que dió acentos a Raimundo Lulio y al dulce Ausias March, canciones al Alma, códigos al Derecho y leyes a la andante Caballería; el tierno y vigoroso idioma del idilio y la epopeya del Canigó y de la Atlántida, el numen creador de una cultura procer, escuela de ingenios, manantial de trovadores y poetas, cuartel glorioso del escudo literario que a la patria común enorgullece.

Pueblo viril como el vuestro que cultiva y encumbra el nativo lenguaje con arrestos vencedores, ha de sentirse también dueño y señor de la lengua castellana, ufanarse de su alcurnia, lucirla como bandera espiritual, junto a la propia, usarla como lazo de unión en el concierto universal de las Españas. Así, Don Quijote, el viajero incansable que siempre está en camino desde el seco terruño manchego hasta la ribera azul de Barcelona, tiene también para vosotros la trascendencia de un símbolo universal y humano, de todos los tiempos y las razas, pero arraigado fuertemente en las entrañas nacionales, en las fecundas entrañas españolas. Y estoy segura de que, así como participáis de su ideal eterno de libertad y de justicia, de abnegación y de ternura, erguido siempre sobre las tristes diferencias de los hombres, sabéis también recibir con alma y brazos abiertos, sin necesidad de estas pobres invocaciones mías, el mensaje de amor y de concordia que de su tierra castellana viene a traer el generoso Hidalgo.

Porque vosotros, los catalanes, sentís a Don Quijote como le sintió Maragall, como le sintieron aquí todos los ingenios, los artistas, los ciudadanos y los héroes; porque lleváis dentro del corazón la imagen y el sentimiento suyos; porque tres siglos antes que él naciese «en un lugar de la Mancha» , ya anduvo en carne y hueso, con otro nombre, pero con igual espíritu, con mejor encaminada afición, harto castiza y española también, por estas riberas del Mediterráneo.

Sí: tres siglos antes que en Castilla, florecen aquí en un varón singularísimo, catalán por su sangre y por su lengua, mallorquín por su cuna, hijo del cielo por la hermosura y claridad de su alma, todos los ensueños y los ímpetus del genio español; el ansia mística, el idealismo quijotesco, la inclinación andariega, el propósito ardiente de realizar el bien por los caminos del mundo... Filósofo, poeta, novelista, misionero, predicador, pedagogo, ermitaño, caballero andante de la Caridad, mártir glorioso de la Fe, es Raimundo Lulio, por donde quiera que se le mire, un perfecto dechado de hispanismo, la más espléndida afirmación de la unidad espiritual de nuestra Patria. Su vida romancesca y peregrina; su maravillosa actividad; su ardor aventurero y apostólico; su perenne inquietud; sus múltiples vocaciones; el despilfarro de su numen; la abundancia generosa del corazón; la fecundidad inagotable de su pluma, rival en esto de las péñolas del Tostado y de Lope; el ingenio artístico, divulgador y docente; hasta su propia juventud, desenfrenada y loca; su conversión repentina, que, en esencia, tanto se parece a la del Marqués de Lombay, a la leyenda de Manara, son rasgos tan nuestros y castizos que bastarían para definirle, a no tener el Arcangélico Doctor otros muchos, más profundos y españoles todavía.

Si no temiese fatigaros repitiendo cosas que cada español debe saber, mostraría con nuevos ejemplos el fondo común del alma y del carácter que une a todos los hijos de la madre Iberia, enlazados también por la geografía y por la historia con los laureles de sus triunfos, con el dogal de sus tribulaciones, con las raíces de sus montañas, con las corrientes de sus ríos. Ved, si no, esas cumbres altaneras que vienen a morir junto a Barcelona, junto a la reina del Mediterráneo, cómo crecen y suben hacia el Norte, cómo llegan sumisas hasta aquí después de encadenar en un abrazo formidable a Castilla y Vasconia, a Cataluña con Aragón y Navarra. Ved el Ebro caudaloso, la ruta inmortal de don Quijote, la que yo seguí, bajo sus nobles auspicios, desde la tierra del Pilar augusto, para venir con esperanzas y oraciones a vuestro insigne Montserrat...

Evoqué antes, y no sin razón, los trágicos vendavales que hoy sacuden las entrañas del mundo detrás de nuestras fronteras. Porque esa terrible conmoción histórica, prueba, con harta pesadumbre, a los pueblos que por ventura no se dejaron arrastrar de tan ardiente sugestión, la necesidad imperiosa de concentrar las energías, unir los corazones ante los riesgos futuros, estrechar los vínculos nacionales, defender los intereses propios, exaltar los ideales comunes, poner muros de carne y de alma, de voluntad y de hierro a los asaltos, a las codicias de los más fuertes. Y en esta empresa tan difícil cumple a vosotros, catalanes, dentro de España, de la España Mayor, llevar la voz y la bandera; porque, lo digo sin intenciones de lisonja, sois los más aptos y resueltos, los más firmes, laboriosos y obstinados, los que en las luchas de este siglo, tan complejas y apremiantes, sabéis, mejor que otros, edificar el porvenir sobre los cimientos de la tradición.

En las vehementes aspiraciones de Cataluña, en los ímpetus del genio barcelonés, en sus actitudes viriles y hasta en sus arranques y bravatas, veo latir una fuerza sentimental, un brío renovador, un principio de vida y de salud, ansioso de cundir y prevalecer sobre la inercia del Estado, sobre los ruines pesimismos de esas gentes irresolutas y perezosas que tienen por númenes familiares la vejación, la cobardía y la tristeza. Brota de vuestras acciones y palabras, revestidas a veces del tono brusco, desapacible y agresivo con que suelen hablar los pueblos jóvenes y audaces, llenos de ambición y de orgullo, el deseo valiente de vivir y prosperar, de rehacer la historia, según lo pide con urgencia nuestro siglo, y levantar la patria a la altura de su nueva misión.

Alas y fibras tenéis para ello: vuestra sed inextinguible de ideales, ese anhelar, desvelado y perenne, que hoy sacude los espíritus al pie de estas montañas, como ayer en la mística llanura; vuestras orientaciones modernas; el ambiente que aquí se respira, junto al pueblo asomado a las grandes rutas del mundo; vuestra pasión de la ciudad y del camino, de la casa payral y de la vida marinera, del progreso civil y de las glorias mercantiles; la avidez con que clamáis, y no precisamente en el desierto, por una Iberia restituida y libre, dueña del porvenir, son motivos de esperanzada ilusión que ya comparten con vosotros muchos y buenos castellanos.

Porque esa noble inquietud que padecéis, esa dolencia sagrada que os desazona y altera, prende también su amorosa calentura allí abajo, en la tierra de don Quijote, en el viejo surco donde aún yacen semillas que quieren germinar: toda España presiente la hora grave, la hora dramática, inflexible en que al fulgor de los rescoldos de Europa habrán de decidirse los destinos de los pueblos.

Ya nuestras vivas ansias españolas sólo esperan para unirse en un abrazo sin fin, que las refuerze, las incorpore y sustancie ese fundente del amor mezclado al conocimiento, esa ternura moral que borra exclusivismos, celos, resquemores y asperezas; que hace de lo tuyo y lo mio una sola cosa dentro del corazón.

He aquí, según imaginé, la significación de don Quijote en Barcelona. Permitidme interpretar de esta suerte el encuentro dichoso que tuve a orillas del Ebro cuando venía a visitaros. Ved en el fiel amador de Dulcinea, no un caballero andante y fabuloso, no al héroe de burlas y sarcasmos que el ingenio cervantino paseó por las calles de esta ciudad ilustre; no al pobre y desventurado paladín caído a los pies del de la Blanca Luna, sino al alma entera, triste y honda de Castilla, que con la vuestra, adusta y clara, según la frase de Maragall, quiere fundirse en un abrazo de amor.

Ante un mismo ideal, eternamente quijotesco, pero en los anchos y universales caminos de la realidad contemporánea, depongan sus antiguas diferencias, sus mutuas ofuscaciones, catalanes y castellanos, nyerros y cadells; respiremos todos, sin prevención ni fanatismo, cuantas ideas puras flotan en el aire peninsular; fraternicemos generosamente bajo la augusta bandera de nuestro destino histórico en el mundo...

Y ya que he citado a Maragall, a vuestro altísimo Poeta, sintamos todos con el aquella divina efusión que en vuestra fiesta de San Jorge le hacía exclamar, derretido en fervores y ternuras, embriagado con el olor de la patria y de las rosas: «La tierra de que está hecho nuestro cuerpo y la historia de que está hecha nuestra alma parece como que hoy hierven de nuevo cual el mosto tras un largo sueño, y que todo el sabor de nuestros terruños y todos los hechos de nuestros padres resucitan en las entrañas de nuestro ser...»


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