Frente a frente

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Frente a frente
escrito por Arturo Jiménez Pastor
Publicado en la revista « El cuento ilustrado » del 2 de Julio de 1918 ~ Ortografía original.~ (1)



Los colocaron el uno al lado del otro en el escaparate alegre, lleno de colores vivos y reflejos sonrientes. Muñecos de mejillas muy coloradas y ojos muy abiertos, muñecas de ojos muy lánguidos, cejas muy finamente trazadas y loca cabellera estoposa; vacas, tigres, leones y caballos de goma pintada; perros sofocados por los pelos de una piel demasiado abundante, cajas de soldaditos de plomo; arcas de Noé repletas de animales de madera con sus correspondientes pastoras de ancho sombrero; teatros con los títeres caídos y el telón a medio alzar; ferrocarriles de lata; cochecitos lustrados, calesitas con apopléticos viajeros de papel mascado; mobiliarios de sala, caballerizas y juegos de bote, cisne, rana y pescado, con imán, colocados sobre algodón en cajas con tapa de vidrio, todo se aglomeraba allí desplegando una brillante visión multicolor trás el cristal ante el cual se detenían, al pasar, los niños, magnetizados por la codicia del juguete, alineando en ciertos momentos seis y siete cabezas infantiles con las narices aplanadas contra el vidrio.

El conejito blanco que redobla en el tambor muy tieso, mirando al frente, con sus largas orejas alerta, advirtió de pronto por las miradas y las indicaciones de los niños, la vecindad de un reluciente y complicado automóvil de lata montado por un payaso procaz que, estando en marcha el aparato, echaba atrás y adelante, al inclinarse y erguirse, la larga borla de su gorro puntiagudo, y se sintió molestado en su amor propio por el interés que los chicos mostraban ante aquei juguete moderno. El payaso del automóvil había venido a quedar muy echado hacia atrás en su asiento al acabársele la cuerda, y resultaba insoportable de jactancioso en aquella actitud.

— Cualquiera diría que te crees superior a todos porque están de moda los automóviles, — díjole con irónica ceremonia el conejo.

— Siento mucho que te moleste mi superioridad, — contestó el payaso, — pero no es culpa mía si por representar en el ramo el espíritu moderno, la última palabra de la mecánica ingeniosa, desalojo en la preferencia de los niños a las antiguallas. El mundo progresa.

Al conejito le fulguraron los negros ojos de cuentas de vidrio.

— Me pareces un gran botarate, — replicó.

— Y tú me pareces a mí un pobre fósil.

— Si tuviese cuerda te daba con mi palillo en la cabeza.

— Y si yo tuviese cuerda te pisoteaba cuanto pelo tienes en ese cuero postizo que llevas encima.

El conejo, en la imposibilidad de hacer efectiva su amenaza, siguió diciendo:

— Estos intrusos se creen que porque tienen más rodajes que una maquinaria, ya se han llevado el mundo por delante. Y al fin ¿qué es lo que tienen de nuevo? Más firuletes y menos mérito.

— ¿Es que no has oído decir que el movimiento, la acción febril, constituye la ley en la sociedad moderna? Pues de ahí mi importancia. ¡Soy un símbolo!

— Yo no he oído decir nada porque mis orejas son simples pedacitos de cuero, como conviene a un verdadero juguete, — contestó cada vez más amostazado el conejo. Pero te digo que en cuanto á movimiento, no tengo por qué envidiarte. También yo soy juguete mecánico y hace rato. Se me pone que la mecánica no ha nacido contigo.

— ¡Valiente movimiento!.... Tienen que llevarte arrastrando para que toques estúpidamente el tambor, y de ahí no sales. Has aburrido muchedumbres de chicos con tu monótono redoble, y todavía haces mérito de ello ¡quizás te creces un artista!

— Me creo un conejo bien hecho y gracioso, tan solo, y no un montón de lata.

— Pues vieras este montón de lata andando. Unas vueltas de llave, dejarme solo, so-lo, ¿entiendes? y ¡con qué gallardía rompo a andar trazando en el suelo las curvas más amplias y airosas que puedan soñarse! ¡Esto es un juguete!

— Pues mira, — replicó el conejo señalando a un polichinela vestido de tela roja y azul que tocaba los platillos cuando se le apretaba el pecho. Aquel, y yo, sin tantos partes ni novedades, hemos hecho las delicias de tres generaciones; guardamos los recuerdos adorables de la verdadera infancia, la infancia de antes, la que reía y jugaba; estamos consagrados por las sonrisas de millares de niños y somos inmortales porque aquellos a quienes hicimos felices en los buenos días pasados, legarán nuestro recuerdo a sus hijos, para que nos sonrían en los largos años festivos. En cambio tú, pobre advenedizo ensoberbecido, sin tradición de cariños ni recuerdos ¿qué puedes esperar de tu boga de un día?

Este caluroso discurso del conejo cuyas manos estremecidas hacían temblar los palillos junto al tambor, conmovió verdaderamente a la población del escaparate. El polichinela de los platillos, entre emocionado y entusiasta, hubiera querido que alguien le apretara el pecho para dar un buen platillazo. El perrito peludo miraba al del automóvil, con los ojos nmy brillantes entre los revueltos pelos. Pero el payaso, excéptico y positivo, en frió muy luego la impresión lograda por el conejo.

— Ps!... Todo eso será muy bonito; pero los hechos son hechos. El pasado, te lo dejo; el presente es mío. Los niños quieren automóviles y no conejos. Millares de automóviles salen día a día de la tienda a cambio de buena moneda de curso legal. En cambio, tú tienes sobre el cuero polvo de dos o tres años, no representas otro valor que el de tu venerable antigüedad; y hoy las cosas valen lo que por ellas se paga, no lo que por ellas se siente. Esto es lo real. Con tu tradición no come el juguetero y yo enriquezco al fabricante con mi boga de advenedizo. Yo soy el vil metal y tú el noble pergamino; pero los nuevos pergaminos que hoy se respeta son los billetes de banco, los que representan la fuerza viva del dinero y no el prestigio muerto de la historia. Conejo: eres un cadáver glorioso!; no te digo más.

Trás un momento de silencio, largo rumor agitó el brillante escaparate; se comentaba el diálogo con singular animación, en tanto que el muchacho de la juguetería iba colocando del lado de afuera los tableros del escaparate. Decididamente aquel gran bellaco del payaso había impresionado también fuertemente al ingenuo auditorio con su brutal réplica, pero el feroz positivismo de sus palabras maltrató en lo íntimo a los más de aquellos juguetes, que, al fin, tenían algo de niños. Las pastoras del arca de Noé, los arlequines chatos que mueven las brazos y las piernas en tirándoles de una cuerdita, las muñecas de ojos lánguidos y los soldados de madera, todo lo que en el juguete es interpretación del espíritu infantil, dirigieron al conejo una expresiva mirada de simpatía, otorgándole con esta afectuosa adhesión los laureles del triunfo, a tiempo que el juguetero apagaba la luz dejando a obscuras muñecas, soldados, pastoras, arlequines y animales.

Entonces en el negro silencio de la obscuridad, fué cuando el payaso de los platillos oyó murmurar al conejo con voz llena de tristeza estas palabras que a pesar de todo no había plagiado a Galileo:

— Y sin embargo, lo que ese ha dicho, es la verdad!

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